La necropolis de Tebas
La necropolis de Tebas
Con el extraordinario desarrollo artístico, técnico y religioso del que era partícipe, es natural que - ya desde los orígenes - el hombre egipcio se haya planteado, como tema central de su vida, el de su identidad y de su relación con el universo. Su pensamiento se funda sustancialmente en el dualismo, o mejor dicho, en un dualismo que comienza a manifestarse en la unidad y se cumple en la trinidad.
A partir del tercer milenio toda la creación es concebida como compuesta de materia y espíritu en diferente medida: en un extremo hallamos el mundo de la materia inerte, y en el otro el del puro espíritu. Así, el reino de la Tierra está en el extremo opuesto al reino del Cielo, y todo encuentro entre el hombre y el otro reino determina la entidad real y la vitalidad de cada individuo. Por lo tanto, el manifestarse de cada criatura, de cada cosa, se debe al Ka, es decir, al soplo divino que el gran dios Ra infunde en la materia inerte. Todo ello es una repetición eterna del instante en que el Absoluto toma conciencia de su propia imagen y pronuncia las palabras sagradas "¡Ven a mí!". Así la piedra, la montaña, el Nilo, el mar, Egipto mismo, se distinguen por su Ka y participan de la divinidad gracias a él, gracias al dios que es causa y manifestación de su mismo ser.

En el hombre, punto central de la creación, microcosmos entre la tierra y el cielo, se verifica el mismo proceso universal. En efecto, el dios Khnum, artífice de la raza humana, plasma dos figuras idénticas: el Khet que es la materia inerte, el cuerpo humano; y el Ka que es el soplo divino, el cuerpo espiritual. De esta superposición, que da vida a toda criatura humana, nace el Ba, principio vital del ser humano; es decir, nace la conciencia de sí mismo, la voluntad propia distinta de la del Creador. El milagro de la creación se repite, como acto de conciencia en el hombre, que se convierte así en la única criatura dotada de voluntad y de conciencia propias; responsable, por lo tanto, de sus propias acciones.
La particular visión del hombre egipcio, en esta relación inmanente y trascendental, es que su vida y sus acciones no están separadas del todo, porque junto con su alma actúa paralelamente el Ka, su doble divino, el "testigo que está en la barca de la verdad"; por ello, sus acciones forman continuamente parte de la vida universal.
Ubicacion de a necropolis de Tebas
En este orden cósmico el Ka, hombre-espíritu, determina también el campo de acción, el tipo de vida al que el hombre-alma tiene que dar su contribución, desarrollando su propia personalidad según los designios divinos.
Todo el pueblo egipcio se identifica así con la imagen de una inmensa pirámide, donde cada peldaño es el campo de acción de cada individuo y el vértice es el campo de acción de su rey. De modo que las obras de cada uno se convierten en causa y sostén de las del faraón y, a su vez, el faraón se convierte en mediador entre el mundo finito y el mundo infinito.
La armonía universal es continua entre el mundo de esta vida y el de la otra. Porque el Ka del pueblo egipcio no es temporal, sino eterno, así como la pirámide terrestre se continúa con la celestial; y la sociedad formada sobre esta tierra nace como proyecto de la realidad divina que tiene su conclusión en el cielo. El faraón se convierte en garante de esta redención total, y su acción de padre absoluto y protector continúa incluso después de la muerte, de suerte que dirigiéndose a todos aquellos que viven todavía en el sufrimiento y en la miseria, exclama: "¡Abrid vuestros brazos, oh criaturas nacidas de la palabra de Dios, porque a aquél que cae yo lo levantaré, a aquél que llora yo lo consolaré... haré todo lo que me ha concedido el Señor, que es bondadoso!".
En el tercer milenio predomina el concepto que la sociedad terrestre es directa expresión de los planes divinos; por lo tanto, el Ka del faraón se convierte en fuerza que arrastra hacia la inmortalidad, y la pirámide terrestre se refleja exactamente en la divina. En el segundo milenio el Ba adquiere mayor importancia incluso para el faraón, y el juicio divino se extiende a todos los hombres. La vida pierde así el misterio de un rito y asume el significado de una misión que hay que cumplir; los tratados morales ya no son más la regla del saber vivir, sino que se convierten en condiciones necesarias para superar la gran prueba, credenciales para asegurarse el Más Allá. Con el debilitarse de la cohesión social y de la tranquilidad económica, la búsqueda de las credenciales morales y la visión de un posible premio a las propias acciones se vuelven cada vez más inciertas y angustiosas, porque la definitiva victoria del bien sobre el mal, es decir, de la vida sobre la muerte, ya no se garantiza más, ni siquiera a los potentes. Incluso el faraón se convierte en uno de los tantos hombres corroídos por la duda de que la momia ya no es más la crisálida que se abre a la vida eterna, sino el único anclaje a una larva de vida desconocida. "Las tumbas de los grandes constructores - dice el descorazonado egipcio - han desaparecido. ¿Qué ha pasado con ellas? He escuchado los dichos de lmhotep y de Hergedef convertidos en normas y consejos imperecederos, pero ¿que ha sucedido con sus tumbas? Los muros se han derrumbado y las tumbas ya no existen, como si ellos no hubieran existido nunca. No hay nadie que regrese del Más Allá y nos hable de ellos, que tranquilice nuestros corazones hasta que alcancemos el mundo al que se han ido. Corazón mío, alégrate, sólo el olvido te dará la serenidad".
En tanta incertidumbre, un breve paréntesis lo constituye el reinado de Akhenatón: el faraón, con la religión de la igualdad, del amor y del contacto directo con la divinidad, les devuelve a los hombres la esperanza en la redención universal. Seiscientos años más tarde, en la época saita (666-524 a.C), la alta espiritualidad egipcia palpita todavía en la conquistada conciencia individual, en la igualdad de los hombres ante Dios y en una renovada confianza en la providencia divina. Son los últimos destellos de la profunda religiosidad antigua, que se repercutirá con luminosísimos reflejos en el pensamiento de los pueblos que van creciendo en torno a Egipto: los pueblos de Grecia y Palestina.
La religion egipcia
La religion egipcia
Las representaciones de numerosas divinidades halladas en los antiguos monumentos de Egipto han dado origen a un gran equívoco en lo que a la religión de los primeros egipcios se refiere. La religión del antiguo Egipto, que pudiera creerse politeísta, era en realidad monoteísta, al igual que todas las grandes religiones del mundo; y hoy día todos concuerdan en considerar a las múltiples divinidades de los templos egipcios como simples atributos o intermediarios del Ser supremo, es decir del único Dios, el solo reconocido y adorado por los sacerdotes, los iniciados y los sabios que en el templo tenían su morada.

En la cúspide del panteón egipcio estaba un Dios único, inmortal, increado, invisible y oculto en las más inaccesibles profundidades de su íntima esencia. Engendrado por sí mismo desde la eternidad, concentraba en sí todos los atributos divinos. En Egipto, pues, no se adoraban muchas divinidades sino, con el nombre de un dios cualquiera, al Dios sin forma ni nombre. La idea dominante era la de un Dios único y originario, y así lo definíban los sacerdotes egipcios: El que nace de sí mismo, el Príncipe de toda forma vital, el Padre de los Padres, la Madre de las Madres; y también decían que "de El nace la esencia de todos los otros dioses", y que "es por Su voluntad que resplandece el sol, la tierra está separada del firmamento y la armonía reina sobre la creación". Sin embargo, para hacer más comprensible al pueblo egipcio la creencia en una sola divinidad, los sacerdotes expresaron por medio de representaciones sensibles sus atributos y sus varias personificaciones. La imagen más perfecta de Dios era el Sol, con sus tres atributos principales de forma, luz y calor. El alma del sol fue llamada Amón, o Amón-Ra, que significa el "sol oculto". Padre de la vida, todas las otras divinidades son tan sólo miembros de su cuerpo.
Cabe ahora hablar de la famosa tríada egipcia. Según relatan los maestros de esta antigua teogonia, el Ser supremo, si es único en su esencia, no es tal en su persona. No nace de sí mismo para engendrar, sino que engendra en sí mismo y es de vez en vez Padre, Madre e Hijo de Dios, y ello sin salir de sí mismo. Estas tres personas son "Dios en Dios" y no dividen la unidad de la naturaleza divina, sino que concurren las tres a su infinita perfección. El Padre representa la energía creadora y el Hijo, siendo un desdoblamiento del Padre, confirma y manifiesta sus eternos atributos. Cada provincia egipcia tenía su propia tríada, y todas las tríadas estaban estrechamente unidas las unas con las otras, de modo que la unidad divina no resultaba menoscabada en absoluto, así como la división de Egipto en provincias no menoscababa la unidad del poder central. La tríada principal, o gran tríada, era la de Abidos y comprendía a Osiris, Isis y Horus. Era la más popular y la más venerada en todo Egipto, pues Osiris era la personificación del Bien y era comúnmente llamado el "Dios bueno". La tríada de Menfis comprendía a Ptah, Sekhmet y Nefertum; la de Tebas a Amón, Mut y Khonsu.
Caracteristicas de la religion egipcia
Sin embargo, la trinidad no es el único dogma que conservó Egipto de la revelación originaria. En sus libros sagrados se encuentra el pecado original, la promesa de un dios redentor de los pecados, la renovación futura de la humanidad, la resurrección de la carne tras la muerte del cuerpo.
Cada cambio de dinastía se acompañaba de una revolución monoteísta en que el Ser supremo iba afirmando su predominio sobre el fetichismo de las otras divinidades. La revolución religiosa de Amenofis IV Ak-henatón fue precedida por la de Menes, sin contar la de Osiris (V milenio a. de J.C.) Según algunos historiadores, en la época de Osiris, rey de Tebas (4200 a. de J.C), ocurrió un cambio religioso total y este rey, considerado el más devoto entre todos, hizo adoptar el monoteísmo en la mayor parte del país. Es el mismo Osiris que, una vez divinizado, presidirá el tribunal supremo, juzgando el alma del difunto.
Según el rito de la psicostasia (literalmente "pesada del alma", es decir la ceremonia del juicio final), el alma, después de la muerte corporal, era transportada en una barca sagrada que surcaba las aguas de los Campos Elíseos. En tanto que navegaba la barca, se iluminaban las zonas donde estaban los espíritus de los reprobos, que se estremecían de alegría a la vista de aquella poca luz que a ellos ya se les había negado. La barca seguía adelante y después de atravesar la zona más clara que más o menos correspondía a nuestro purgatorio, llegaba finalmente al supremo tribunal presidido por Osiris y sus cuarenta y dos jueces. El corazón del difunto era puesto en uno de los platillos de una balanza y en el otro se colocaba una pluma, símbolo de la diosa Maat.
Si en vida había actuado con rectitud, se le juzgaba "justo de voz" y podía participar en el cuerpo místico del dios Osiris; en caso contrario, su corazón era devorado por un monstruo con cabeza de cocodrilo y cuerpo de hipopótamo y no le quedaban más posibilidades de vida en el otro mundo. El difunto "justificado" podía ingresar al "Ialu", es decir a los Campos Elíseos. Ahora es natural preguntarse por qué en las pirámides y en las tumbas se han hallado tantos objetos de uso común. No hay que olvidarse que la concepción religiosa fundamental de los antiguos Egipcios era de que la vida humana continuaba por la eternidad, aun después de la muerte física. Pero al otro undo sólo tenían acceso los que aún podían gozar de la posesión de sus bienes terrenales: y he aquí la casa, las vituallas, las bebidas, los esclavos y los objetos necesarios para la vida cotidiana.
Los animales sagrados
Los animales sagrados
A nuestros ojos de hombres modernos el monoteísmo de la antigua religión egipcia puede tomar toda la apariencia del fetichismo. Hay que considerar, sin embargo, que las innumerables representaciones de los dioses del panteón egipcio no son sino evocaciones de los varios papeles desempeñados por el Dios único, más bien agentes o figuras del aspecto eterno de la divinidad. Es éste el sentido en que hay que entender el culto que en las distintas regiones de Egipto se rendía al sol, a la tierra, al cielo y a ciertos animales. En efecto, sólo en época tardía los dioses egipcios tomaron aspecto humano: al principio se encarnaron en plantas y animales. La diosa Hathor vivía en un árbol de sicómoro; la diosa Neith, que parió quedando virgen y que los Griegos identificaron con Atenea, era venerada bajo la forma de un escudo con dos flechas cruzadas; Nefertum (identificado con Prometeo) tenía el aspecto de una flor de loto.

Pero es sobre todo en forma de animales que los dioses egipcios se manifiestan a sus fieles. Bastan pocos ejemplos: Horus era un halcón, Thot un ibis, Bast una gata, Khnum un carnero. Y aparte el culto tributado a los dioses identificados con animales, los Egipcios también adoraban al animal mismo cuando éste tenía requisitos particulares o presentaba determinados signos.
LOS ANIMALES SAGRADOS EN LA CULTURA EGIPCIA
Uno de los ejemplos más significativos a este respecto es el culto fastuoso que se tributaba a Apis, el buey sagrado que se adoraba en Menfis. Para ser reconocido como sagrado, el animal tenía que presentar ciertas características que sólo los sacerdotes conocían. A la muerte de un Apis, después de ayunar largo tiempo, los sacerdotes se ponían en busca de otro Apis que tuviera un triángulo blanco en la frente, una mancha parecida a un águila en el espinazo y otra mancha en forma de creciente en el costado. En Menfis el animal vivía en corrales frente al templo de Ptah, el creador del mundo, y allí es donde recibía las ofrendas de sus adoradores y dictaba los oráculos.
Hasta la XIX dinastía cada buey tenía su sepultura particular. Fue Ramsés II quien más tarde los hizo sepultar en un mausoleo común llamado Serapeyón o Serapeo, nombre derivado del hecho que el Apis muerto, una vez divinizado, se volvía Osiris Apis, o sea Serapis con palabra griega. Siguiendo las precisas indicaciones contenidas en un pasaje de Estrabón, en 1851 el arqueólogo francés Augusto Mariette halló en Saqqarah el legendario Serapeo: una vasta y larga galería subterránea que ocultaba las cámaras funerarias. Allí estaban encerradas las momias de los bueyes sagrados, dentro de sarcófagos monolíticos de granito rosado, piedra caliza o basalto, que medían 4 metros de alto y pesaban hasta 70 toneladas.
Agradecidos por los servicios que algunas aves prestaban al agricultor, los antiguos Egipcios las contaban entre los animales sagrados. También en Saqqarah existe una necrópolis de ibis, las más sagradas entre todas las aves, cuya especie está ahora próxima a la extinción. El ibis debía tener la cabeza y el cuello sin plumas, de color negro opaco; las patas debían ser grises con matices azulados y el cuerpo blanco con plumas de color negro-azul que caían sobre las alas. Cuando en vida era consagrada a Thot, el Hermes de los Griegos, y una vez muerta se la momificaba para luego encerrarla en cántaros de barro. Un culto muy particular era el que la ciudad de Tebas le tributaba al cocodrilo: allí el animal vivía domesticado y rodeado de la veneración de todos, con zarcillos en las orejas y argollas de oro en las patas. Pero no era así en todas las ciudades de Egipto. Afirma Herodoto que por ejemplo los habitantes de Elefantina y alrededores no lo consideraban sagrado en absoluto y no tenían recelos en comerlo. Un papel importante en la religión egipcia también lo tenía el gato, llamado "miau", palabra onomatopé-yica que ha pasado a otros idiomas y aún hoy indica el maullido de ese animal. La gata, consagrada a la diosa Bast, simbolizaba el benéfico calor del sol: su culto se celebraba principalmente en el Bajo Egipto y la ciudad de Bubastis (hoy Zagazig) debe su nombre a la presencia de un templo dedicado a la diosa.
Los colosos de Memnon
Los colosos de Memnon
En el vasto llano que se extiende alrededor de Tebas, entre el Nilo y el Valle de los Reyes, pueden admirarse los vestigios de la avenida monumental que conducía al templo de Amenofis III. Desgraciadamente ya el templo no existe y los que quedan son los así llamados "Colosos de Mem-nón".
Trátase de dos estatuas gigantescas, altas 20 metros, de las que sólo los pies miden 2 metros de largo por 1 metro de ancho. Labradas en bloques de gres monolíticos, las estatuas representan al faraón sentado en su trono, con las manos descansando en las rodillas. La situada más al sur, aunque muy deteriorada, parece sin embargo haber sufrido menos que la otra, a la que se refiere una leyenda. Cuéntase que en 27 a. de J.C. un terrible terremoto arrasó Tebas, causando estragos en la mayor parte de sus monumentos, tanto así que el coloso quedó partido de arriba hasta la cintura, derrumbándose. Por el contrario, algunos historiadores atribuyen los daños al vandalismo del rey Cambises, y esto parece más creíble, ya que Egipto nunca ha sido tierra de terremotos.

Así y todo, desde entonces todas las mañanas, a la salida del sol, la estatua dejaba oir un sonido vago y prolongado en que algunos viajeros creyeron reconocer un canto triste pero armonioso. Este hecho extraño, atestiguado por historiadores tan famosos como Estrabón, Pausanias, Tácito, Luciano y Filostrato, inspiró una hermosa leyenda a los poetas griegos. Contaron ellos que "la piedra que canta" representaba a Memnón, hijo mítico de la Aurora y de Titón, rey de Egipto y Etiopía. Enviado por su padre en socorro de Troya sitiada por los Griegos, se cubrió de gloria matando en combate a Antiloco, hijo de Néstor, pero pereció a su vez bajo la mano vengadora de Aquiles. La Aurora, en lágrimas, suplicó entonces al poderoso Júpiter que resucitara a su hijo al menos una vez al día; y he aquí que todas las mañanas, en tanto que la Aurora acariciaba a su hijo con sus rayos, él respondía a su inconsolable madre dejando oir este sonido largo y lamentoso.
LOS COLOSOS DE MEMNON EN EGIPTO
Por muy poética y fascinadora que pueda presentarse esta leyenda, el fenómeno en realidad tenía causas del todo naturales. Los sonidos se debían a las vibraciones producidas por las grietas, cuyas superficies pasaban bruscamente del frío de la noche al calor de los primeros rayos del sol.

Por otra parte, la historia parece confirmar esta explicación científica , pues ningún escritor anterior a Estrabón habla de la "voz" del coloso de Memnón, y todos los que de ella dan testimonio son escalonados entre la fecha en que el coloso se quebró y la de su restauración por Septi-mio Severo.
En el curso de los siglos numerosas y a veces curiosas inscripciones se han grabado en las piernas del coloso.
Menfis
Menfis
Menfis, que según Herodoto fue fundada por Menes, el unificador de las dos provincias, llamábase antiguamente Menof-Ra y era capital del primer nomo del Bajo Egipto, llamada después Menfis por los Griegos.
De Menfis quedan hoy sólo ruinas. La profecía de Jeremías, de que "Menfis sería reducida a un desierto, sería devastada y despoblada" se ha realizado. Sin embargo la ciudad, en cuanto centro principal del culto de Ptah, conoció siglos de gran esplendor que alcanzó su apogeo durante la VI dinastía. En un epígrafe hallado en Abú Sim-bel, Ramsés II así se dirige al dios: "En Menfis agrandé tu templo, lo edifiqué gracias a un asiduo trabajo y adorné con oro y ricas piedras preciosas...".

Además, Menfis era el centro de la fabricación de los carros de guerra, que representaban la parte principal de toda la industria guerrera egipcia.
LA PROVINCIA DE MENFIS EN EGIPTO
En el centro de Menfis debía de encontarse la ciudadela, la de "las blancas murallas", cuyos trabajos fueron tal vez comenzados por Imhotep. Gente de todas las naciones, de todas las razas y de todas las religiones debían de vivir y trabajar en la ciudad. Es verdaderamente increíble que casi nada haya quedado de toda esa prosperidad: sólo una interminable extensión de ruinas, columnas mochas, muros desmoronados. El desarrollo de Alejandría significó el abandono paulatino de Menfis y su lenta pero inexorable ruina.
Durante las excavaciones empezadas durante el siglo XVIII fueron hallados los restos del templo de Ptah en que se coronaba a los faraones, y de una pequeña capilla también erigida en honor de Ptah por Seti I. Estatuas colosales de Ramsés II levantábanse frente a este templo, de las que quedan sólo dos. Una, de granito rosado, se encuentra hoy en la plaza de la Estación del Cairo. La segunda yace por tierra en toda su majestuosidad: mide 13 metros y lleva el nombre del gran faraón, inscrito en su cartucho, en el hombro derecho, en el pecho y en la cintura.
A poca distancia del coloso puede verse la esfinge, tal vez esculpida en la época de Ameno-fis II. Hecha de un solo bloque de alabastro, mide 4 metros de alto por 8 de largo y pesa, según se estima, unas 80 toneladas. Antiguamente adornaba, junto con otras, la avenida que conducía al templo de Ptah.
Monasterio de Santa Catalina
Monasterio de Santa Catalina
La que constituye la más pequeña diócesis del mundo es al mismo tiempo el más antiguo convento cristiano todavía existente y que es también la más rica colección de iconas y preciosos manuscritos del mundo.

Las primeras noticias del monasterio de Santa Catalina las hallamos en las crónicas del patriarca de Alejandría, Eutychios, vivido en el siglo IX: nos cuentan que Elena, madre del emperador Constantino, quedó muy surprendida por la sagralidad de estos lugares y en el 330 ordenó la construcción de una pequeña capilla en el lugar en el que se encontraba el espinar ardiente. La capilla fue dedicada a la Virgen.

El emperador Justiniano ordenó, en el 530, la construcción de una basílica mucho más grande, la que sería la Iglesia de la Transfiguración. Fue entonces que el convento asumió el aspecto de macizia fortificación que todavía lo caracteriza.