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El pueblo de Abidos

El pueblo de Abidos


En la orilla occidental del Nilo se encuentra el pueblo de Arabat el-Madfurnah, literalmente "Arabat el enterrado", así lla­mado porque la arena ha casi del todo sepultado la mayor parte de sus monumentos. Abidos es el nombre que le dieron los Grie­gos a la antigua ciudad de Tis, cuna de las más antiguas dinas­tías y ciudad santa dedicada al culto de Osiris.

El mito de Osi-ris, cuyo centro de difusión fue también el santuario de Busiris (el nombre original Pa-Uzir sig­nifica "casa de Osiris"), alcanzó en Abidos las condiciones más favorables para su plena expre­sión, bien sea a través de la cons­trucción de importantes monu­mentos, o porque era un lugar de romería que todo Egipcio debía visitar al menos una vez en su vida. En el santuario de Osiris se conservaba la más importante reliquia del dios: su cabeza. Según la leyenda, el dios Set mató a su hermano Osiris y des­pedazó su cuerpo en varias par­tes (trece según algunos, cuaren­ta y dos según otros), desparra­mándolas por todas las provin­cias de Egipto.


EL PUEBLO DE ABIDOS EN EGIPTO


La diosa Isis, esposa del difunto, logró reco­brar todos los pedazos y juntar­los en el Osireión de Abidos, menos uno, el falo, tragado por un pez en el lago Menzaleh, cerca de Port Said. Por la fuerza de su amor, Isis pudo resucitar a su esposo, cuyos ojos se abrie­ron y emanaron un rayo con que concibió Isis a su hijo Horus. Es ésta una leyenda que, al menos en lo que atañe al asesinato de Osiris por mano de su hermano, recuerda muy de cerca el episodio de Caín y Abel al principio de nuestra historia sagrada.


Actualmente sólo quedan pocos vestigios del santuario y de la antigua ciudad, en la que todo Egipcio piadoso ambicionaba tener un día su capilla fúnebre o por lo menos una estela conme­morativa. Por el contrario, lo que muy bien se ha conservado y goza hoy de gran renombre por las hermosas pinturas que lo adornan es el palacio de Seti I, el Memnonium, el mismo que Estrabón menciona y define "un palacio admirablemente cons­truido". Fue Augusto Mariette quien dirigió las excavaciones de este palacio, edificado para recordar la romería de Seti I a Abidos. Su construcción, conti­nuada por Ramsés II, hijo de Seti I, no fue sin embargo nunca concluida.

Inmortalidad del alma

Inmortalidad del alma


Todos los libros que tratan de la vida futura, demues-tan con evidencia que la base principal de las creencias de los antiguos Egipcios era la inmortalidad del alma. Así, tanto las pirámides como las mastabas y las tum­bas de los valles fueron todas construidas para alber­gar el alma del difunto. El Ka no es sino el espíritu uni­versal o cuerpo psíquico que anima todo ser.


INMORTALIDAD DEL ALMA EN LA RELIGION EGIPCIA


El cuerpo físico es para la tierra, y el alma es para el cielo; y la humanidad se identifica con su propia conciencia. Tras la muerte terrestre, el alma viene a envolver a la momia transformándose en su Ka, es decir su doble; al paso que el espíritu se transforma en espíritu astral y ambos, Ka y Ba, se unen por medio del cordón de Osiris, espíritu superior, para formar un espíritu solo. Tres substancias, pues, en un solo cuerpo.

Numerosos frescos que representan la inmortalidad del alma y otras escenas religiosas han sido hallados en las casas en que vivían los faraones; y muchas pinturas y decoraciones en los monumentos funerarios y en las tumbas simbolizaban la sobrevivencia del difunto en el otro mundo, o sea la vida eterna. Y por ello eran lla­madas "casas de la eternidad".


También la cruz ansata, o "ank", simbolizaba la vida futura con los tres atributos de paz, felicidad y serenidad.

La peninsula del sinai

La peninsula del sinai


Hace aproximadamente veinte millones de años Egipto, el Sinaí y la península arábica estaban unidos en un bloque único. Luego, enormes revolvimientos terres­tres llevaron a la repartición de las tierras y la penínsu­la meridional del Sinaí, quedó aislada originando dos golfos: a oeste el golfo de Suez, cuya profundidad má­xima es de sólo 95 metros y a este el golfo de Aqaba, que alcanza los 1800 metros.


Este último pertenece a la gran hendedura terrestre — llamada Rift — que de la cadena del Touro se extiende hasta Kenia. La gran actividad sísmica del pasado y los tremendos fenómenos eructivos dieron al Sinaí meridional su huella ca­racterística: las montañas que se erigen allí tienen altu­ras que van de los 750 metros a los 2500 metros; sus cumbres más importantes son el Gebel Musa (Monte de Moisés) que tiene 2285 metros de alto y el Gebel Katrin (Monte de Santa Catalina) que alcanza los 2642 metros, siendo el más alto de la península.

La costa oriental, la que desde Sharm el Sheikh y Ras Mohammed llega hasta Taba, se contradistingue por las numerosas barreras coralinas que se subsiguen una tras otra.

La necropolis de Tebas

La necropolis de Tebas


Con el extraordinario desarrollo artístico, técnico y reli­gioso del que era partícipe, es natural que - ya desde los orígenes - el hombre egipcio se haya planteado, como te­ma central de su vida, el de su identidad y de su relación con el universo. Su pensamiento se funda sustancialmente en el dualismo, o mejor dicho, en un dualismo que co­mienza a manifestarse en la unidad y se cumple en la tri­nidad.


A partir del tercer milenio toda la creación es concebida como compuesta de materia y espíritu en diferente medi­da: en un extremo hallamos el mundo de la materia inerte, y en el otro el del puro espíritu. Así, el reino de la Tierra está en el extremo opuesto al reino del Cielo, y todo en­cuentro entre el hombre y el otro reino determina la enti­dad real y la vitalidad de cada individuo. Por lo tanto, el manifestarse de cada criatura, de cada cosa, se debe al Ka, es decir, al soplo divino que el gran dios Ra infunde en la materia inerte. Todo ello es una repetición eterna del ins­tante en que el Absoluto toma conciencia de su propia imagen y pronuncia las palabras sagradas "¡Ven a mí!". Así la piedra, la montaña, el Nilo, el mar, Egipto mismo, se distinguen por su Ka y participan de la divinidad gra­cias a él, gracias al dios que es causa y manifestación de su mismo ser.


En el hombre, punto central de la creación, microcosmos entre la tierra y el cielo, se verifica el mismo proceso uni­versal. En efecto, el dios Khnum, artífice de la raza huma­na, plasma dos figuras idénticas: el Khet que es la materia inerte, el cuerpo humano; y el Ka que es el soplo divino, el cuerpo espiritual. De esta superposición, que da vida a to­da criatura humana, nace el Ba, principio vital del ser hu­mano; es decir, nace la conciencia de sí mismo, la volun­tad propia distinta de la del Creador. El milagro de la cre­ación se repite, como acto de conciencia en el hombre, que se convierte así en la única criatura dotada de voluntad y de conciencia propias; responsable, por lo tanto, de sus propias acciones.


La particular visión del hombre egipcio, en esta relación inmanente y trascendental, es que su vida y sus acciones no están separadas del todo, porque junto con su alma ac­túa paralelamente el Ka, su doble divino, el "testigo que está en la barca de la verdad"; por ello, sus acciones for­man continuamente parte de la vida universal.


Ubicacion de a necropolis de Tebas


En este orden cósmico el Ka, hombre-espíritu, determi­na también el campo de acción, el tipo de vida al que el hombre-alma tiene que dar su contribución, desarrollando su propia personalidad según los designios divinos.


Todo el pueblo egipcio se identifica así con la imagen de una inmensa pirámide, donde cada peldaño es el campo de acción de cada individuo y el vértice es el campo de acción de su rey. De modo que las obras de cada uno se convier­ten en causa y sostén de las del faraón y, a su vez, el fara­ón se convierte en mediador entre el mundo finito y el mundo infinito.


La armonía universal es continua entre el mundo de esta vida y el de la otra. Porque el Ka del pueblo egipcio no es temporal, sino eterno, así como la pirámide terrestre se continúa con la celestial; y la sociedad formada sobre esta tierra nace como proyecto de la realidad divina que tiene su conclusión en el cielo. El faraón se convierte en garan­te de esta redención total, y su acción de padre absoluto y protector continúa incluso después de la muerte, de suerte que dirigiéndose a todos aquellos que viven todavía en el sufrimiento y en la miseria, exclama: "¡Abrid vuestros bra­zos, oh criaturas nacidas de la palabra de Dios, porque a aquél que cae yo lo levantaré, a aquél que llora yo lo con­solaré... haré todo lo que me ha concedido el Señor, que es bondadoso!".


En el tercer milenio predomina el concepto que la socie­dad terrestre es directa expresión de los planes divinos; por lo tanto, el Ka del faraón se convierte en fuerza que arrastra hacia la inmortalidad, y la pirámide terrestre se refleja exac­tamente en la divina. En el segundo milenio el Ba adquiere mayor importancia incluso para el faraón, y el juicio divino se extiende a todos los hombres. La vida pierde así el mis­terio de un rito y asume el significado de una misión que hay que cumplir; los tratados morales ya no son más la re­gla del saber vivir, sino que se convierten en condiciones necesarias para superar la gran prueba, credenciales para asegurarse el Más Allá. Con el debilitarse de la cohesión so­cial y de la tranquilidad económica, la búsqueda de las cre­denciales morales y la visión de un posible premio a las pro­pias acciones se vuelven cada vez más inciertas y angustio­sas, porque la definitiva victoria del bien sobre el mal, es de­cir, de la vida sobre la muerte, ya no se garantiza más, ni si­quiera a los potentes. Incluso el faraón se convierte en uno de los tantos hombres corroídos por la duda de que la mo­mia ya no es más la crisálida que se abre a la vida eterna, si­no el único anclaje a una larva de vida desconocida. "Las tumbas de los grandes constructores - dice el descorazona­do egipcio - han desaparecido. ¿Qué ha pasado con ellas? He escuchado los dichos de lmhotep y de Hergedef conver­tidos en normas y consejos imperecederos, pero ¿que ha su­cedido con sus tumbas? Los muros se han derrumbado y las tumbas ya no existen, como si ellos no hubieran existido nunca. No hay nadie que regrese del Más Allá y nos hable de ellos, que tranquilice nuestros corazones hasta que al­cancemos el mundo al que se han ido. Corazón mío, alé­grate, sólo el olvido te dará la serenidad".


En tanta incertidumbre, un breve paréntesis lo constitu­ye el reinado de Akhenatón: el faraón, con la religión de la igualdad, del amor y del contacto directo con la divinidad, les devuelve a los hombres la esperanza en la redención universal. Seiscientos años más tarde, en la época saita (666-524 a.C), la alta espiritualidad egipcia palpita toda­vía en la conquistada conciencia individual, en la igualdad de los hombres ante Dios y en una renovada confianza en la providencia divina. Son los últimos destellos de la pro­funda religiosidad antigua, que se repercutirá con lumino­sísimos reflejos en el pensamiento de los pueblos que van creciendo en torno a Egipto: los pueblos de Grecia y Pa­lestina.

La religion egipcia

La religion egipcia


Las representaciones de numerosas divinidades halla­das en los antiguos monumentos de Egipto han dado origen a un gran equívoco en lo que a la religión de los primeros egipcios se refiere. La religión del antiguo Egipto, que pudiera creerse politeísta, era en realidad monoteísta, al igual que todas las grandes religiones del mundo; y hoy día todos concuerdan en considerar a las múltiples divinidades de los templos egipcios co­mo simples atributos o intermediarios del Ser supre­mo, es decir del único Dios, el solo reconocido y ado­rado por los sacerdotes, los iniciados y los sabios que en el templo tenían su morada.

En la cúspide del pan­teón egipcio estaba un Dios único, inmortal, increado, invisible y oculto en las más inaccesibles profundida­des de su íntima esencia. Engendrado por sí mismo desde la eternidad, concentraba en sí todos los atribu­tos divinos. En Egipto, pues, no se adoraban muchas divinidades sino, con el nombre de un dios cualquiera, al Dios sin forma ni nombre. La idea dominante era la de un Dios único y originario, y así lo definíban los sacerdotes egipcios: El que nace de sí mismo, el Prínci­pe de toda forma vital, el Padre de los Padres, la Madre de las Madres; y también decían que "de El nace la esencia de todos los otros dioses", y que "es por Su voluntad que resplandece el sol, la tierra está separada del firmamento y la armonía reina sobre la creación". Sin embargo, para hacer más comprensible al pueblo egipcio la creencia en una sola divinidad, los sacerdo­tes expresaron por medio de representaciones sensibles sus atributos y sus varias personificaciones. La imagen más perfecta de Dios era el Sol, con sus tres atributos principales de forma, luz y calor. El alma del sol fue llamada Amón, o Amón-Ra, que significa el "sol ocul­to". Padre de la vida, todas las otras divinidades son tan sólo miembros de su cuerpo.


Cabe ahora hablar de la famosa tríada egipcia. Según relatan los maestros de esta antigua teogonia, el Ser su­premo, si es único en su esencia, no es tal en su perso­na. No nace de sí mismo para engendrar, sino que en­gendra en sí mismo y es de vez en vez Padre, Madre e Hijo de Dios, y ello sin salir de sí mismo. Estas tres personas son "Dios en Dios" y no dividen la unidad de la naturaleza divina, sino que concurren las tres a su infinita perfección. El Padre representa la energía creadora y el Hijo, siendo un desdoblamiento del Pa­dre, confirma y manifiesta sus eternos atributos. Cada provincia egipcia tenía su propia tríada, y todas las tríadas estaban estrechamente unidas las unas con las otras, de modo que la unidad divina no resultaba menoscabada en absoluto, así como la división de Egipto en provincias no menoscababa la unidad del poder central. La tríada principal, o gran tríada, era la de Abidos y comprendía a Osiris, Isis y Horus. Era la más popular y la más venerada en todo Egipto, pues Osiris era la personificación del Bien y era comúnmen­te llamado el "Dios bueno". La tríada de Menfis com­prendía a Ptah, Sekhmet y Nefertum; la de Tebas a Amón, Mut y Khonsu.


Caracteristicas de la religion egipcia


Sin embargo, la trinidad no es el único dogma que con­servó Egipto de la revelación originaria. En sus libros sagrados se encuentra el pecado original, la promesa de un dios redentor de los pecados, la renovación futu­ra de la humanidad, la resurrección de la carne tras la muerte del cuerpo.


Cada cambio de dinastía se acompañaba de una revo­lución monoteísta en que el Ser supremo iba afirman­do su predominio sobre el fetichismo de las otras divi­nidades. La revolución religiosa de Amenofis IV Ak-henatón fue precedida por la de Menes, sin contar la de Osiris (V milenio a. de J.C.) Según algunos historia­dores, en la época de Osiris, rey de Tebas (4200 a. de J.C), ocurrió un cambio religioso total y este rey, con­siderado el más devoto entre todos, hizo adoptar el monoteísmo en la mayor parte del país. Es el mismo Osiris que, una vez divinizado, presidirá el tribunal su­premo, juzgando el alma del difunto.


Según el rito de la psicostasia (literalmente "pesada del alma", es decir la ceremonia del juicio final), el alma, después de la muerte corporal, era transportada en una barca sagrada que surcaba las aguas de los Campos Elíseos. En tanto que navegaba la barca, se ilumina­ban las zonas donde estaban los espíritus de los repro­bos, que se estremecían de alegría a la vista de aquella poca luz que a ellos ya se les había negado. La barca seguía adelante y después de atravesar la zona más cla­ra que más o menos correspondía a nuestro purgato­rio, llegaba finalmente al supremo tribunal presidido por Osiris y sus cuarenta y dos jueces. El corazón del difunto era puesto en uno de los platillos de una balan­za y en el otro se colocaba una pluma, símbolo de la diosa Maat.


Si en vida había actuado con rectitud, se le juzgaba "justo de voz" y podía participar en el cuer­po místico del dios Osiris; en caso contrario, su cora­zón era devorado por un monstruo con cabeza de co­codrilo y cuerpo de hipopótamo y no le quedaban más posibilidades de vida en el otro mundo. El difunto "justificado" podía ingresar al "Ialu", es decir a los Campos Elíseos. Ahora es natural preguntarse por qué en las pirámides y en las tumbas se han hallado tantos objetos de uso común. No hay que olvidarse que la concepción religiosa fundamental de los antiguos Egipcios era de que la vida humana continuaba por la eternidad, aun después de la muerte física. Pero al otro undo sólo tenían acceso los que aún podían gozar de la posesión de sus bienes terrenales: y he aquí la casa, las vituallas, las bebidas, los esclavos y los objetos ne­cesarios para la vida cotidiana.

Los animales sagrados

Los animales sagrados


A nuestros ojos de hombres modernos el monoteísmo de la antigua religión egipcia puede tomar toda la apa­riencia del fetichismo. Hay que considerar, sin embar­go, que las innumerables representaciones de los dioses del panteón egipcio no son sino evocaciones de los va­rios papeles desempeñados por el Dios único, más bien agentes o figuras del aspecto eterno de la divinidad. Es éste el sentido en que hay que entender el culto que en las distintas regiones de Egipto se rendía al sol, a la tie­rra, al cielo y a ciertos animales. En efecto, sólo en época tardía los dioses egipcios tomaron aspecto hu­mano: al principio se encarnaron en plantas y anima­les. La diosa Hathor vivía en un árbol de sicómoro; la diosa Neith, que parió quedando virgen y que los Grie­gos identificaron con Atenea, era venerada bajo la for­ma de un escudo con dos flechas cruzadas; Nefertum (identificado con Prometeo) tenía el aspecto de una flor de loto.

Pero es sobre todo en forma de animales que los dioses egipcios se manifiestan a sus fieles. Bastan pocos ejem­plos: Horus era un halcón, Thot un ibis, Bast una ga­ta, Khnum un carnero. Y aparte el culto tributado a los dioses identificados con animales, los Egipcios también adoraban al animal mismo cuando éste tenía requisitos particulares o presentaba determinados sig­nos.


LOS ANIMALES SAGRADOS EN LA CULTURA EGIPCIA


Uno de los ejemplos más significativos a este respecto es el culto fastuoso que se tributaba a Apis, el buey sa­grado que se adoraba en Menfis. Para ser reconocido como sagrado, el animal tenía que presentar ciertas ca­racterísticas que sólo los sacerdotes conocían. A la muerte de un Apis, después de ayunar largo tiempo, los sacerdotes se ponían en busca de otro Apis que tu­viera un triángulo blanco en la frente, una mancha pa­recida a un águila en el espinazo y otra mancha en for­ma de creciente en el costado. En Menfis el animal vi­vía en corrales frente al templo de Ptah, el creador del mundo, y allí es donde recibía las ofrendas de sus ado­radores y dictaba los oráculos.


Hasta la XIX dinastía cada buey tenía su sepultura particular. Fue Ramsés II quien más tarde los hizo sepultar en un mausoleo co­mún llamado Serapeyón o Serapeo, nombre derivado del hecho que el Apis muerto, una vez divinizado, se volvía Osiris Apis, o sea Serapis con palabra griega. Siguiendo las precisas indicaciones contenidas en un pasaje de Estrabón, en 1851 el arqueólogo francés Augusto Mariette halló en Saqqarah el legendario Se­rapeo: una vasta y larga galería subterránea que ocul­taba las cámaras funerarias. Allí estaban encerradas las momias de los bueyes sagrados, dentro de sarcófa­gos monolíticos de granito rosado, piedra caliza o ba­salto, que medían 4 metros de alto y pesaban hasta 70 toneladas.


Agradecidos por los servicios que algunas aves presta­ban al agricultor, los antiguos Egipcios las contaban entre los animales sagrados. También en Saqqarah existe una necrópolis de ibis, las más sagradas entre to­das las aves, cuya especie está ahora próxima a la ex­tinción. El ibis debía tener la cabeza y el cuello sin plu­mas, de color negro opaco; las patas debían ser grises con matices azulados y el cuerpo blanco con plumas de color negro-azul que caían sobre las alas. Cuando en vida era consagrada a Thot, el Hermes de los Griegos, y una vez muerta se la momificaba para luego ence­rrarla en cántaros de barro. Un culto muy particular era el que la ciudad de Tebas le tributaba al cocodrilo: allí el animal vivía domesticado y rodeado de la vene­ración de todos, con zarcillos en las orejas y argollas de oro en las patas. Pero no era así en todas las ciuda­des de Egipto. Afirma Herodoto que por ejemplo los habitantes de Elefantina y alrededores no lo considera­ban sagrado en absoluto y no tenían recelos en comer­lo. Un papel importante en la religión egipcia también lo tenía el gato, llamado "miau", palabra onomatopé-yica que ha pasado a otros idiomas y aún hoy indica el maullido de ese animal. La gata, consagrada a la diosa Bast, simbolizaba el benéfico calor del sol: su culto se celebraba principalmente en el Bajo Egipto y la ciudad de Bubastis (hoy Zagazig) debe su nombre a la presencia de un templo dedicado a la diosa.

Los colosos de Memnon

Los colosos de Memnon


En el vasto llano que se extiende alrededor de Tebas, entre el Nilo y el Valle de los Reyes, pueden admirarse los vestigios de la ave­nida monumental que conducía al templo de Amenofis III. Des­graciadamente ya el templo no existe y los que quedan son los así llamados "Colosos de Mem-nón".


Trátase de dos estatuas gigan­tescas, altas 20 metros, de las que sólo los pies miden 2 metros de largo por 1 metro de ancho. Labradas en bloques de gres monolíticos, las estatuas repre­sentan al faraón sentado en su trono, con las manos descan­sando en las rodillas. La situada más al sur, aunque muy deterio­rada, parece sin embargo haber sufrido menos que la otra, a la que se refiere una leyenda. Cuéntase que en 27 a. de J.C. un terrible terremoto arrasó Tebas, causando estragos en la mayor parte de sus monumentos, tanto así que el coloso quedó partido de arriba hasta la cintura, derrumbándose. Por el contra­rio, algunos historiadores atri­buyen los daños al vandalismo del rey Cambises, y esto parece más creíble, ya que Egipto nunca ha sido tierra de terre­motos.

Así y todo, desde entonces todas las mañanas, a la salida del sol, la estatua dejaba oir un sonido vago y prolongado en que algu­nos viajeros creyeron reconocer un canto triste pero armonioso. Este hecho extraño, atestiguado por historiadores tan famosos como Estrabón, Pausanias, Tácito, Luciano y Filostrato, inspiró una hermosa leyenda a los poetas griegos. Contaron ellos que "la piedra que canta" representaba a Memnón, hijo mítico de la Aurora y de Titón, rey de Egipto y Etiopía. Enviado por su padre en socorro de Troya sitiada por los Griegos, se cubrió de gloria matando en combate a Antiloco, hijo de Néstor, pero pereció a su vez bajo la mano vengadora de Aquiles. La Aurora, en lágri­mas, suplicó entonces al pode­roso Júpiter que resucitara a su hijo al menos una vez al día; y he aquí que todas las mañanas, en tanto que la Aurora acariciaba a su hijo con sus rayos, él respon­día a su inconsolable madre dejando oir este sonido largo y lamentoso.


LOS COLOSOS DE MEMNON EN EGIPTO


Por muy poética y fascinadora que pueda presentarse esta leyenda, el fenómeno en reali­dad tenía causas del todo natu­rales. Los sonidos se debían a las vibraciones producidas por las grietas, cuyas superficies pasa­ban bruscamente del frío de la noche al calor de los primeros rayos del sol.



Por otra parte, la historia parece confirmar esta explicación cien­tífica , pues ningún escritor ante­rior a Estrabón habla de la "voz" del coloso de Memnón, y todos los que de ella dan testi­monio son escalonados entre la fecha en que el coloso se quebró y la de su restauración por Septi-mio Severo.


En el curso de los siglos numero­sas y a veces curiosas inscripcio­nes se han grabado en las piernas del coloso.

Menfis

Menfis


Menfis, que según Herodoto fue fundada por Menes, el unificador de las dos provincias, llamá­base antiguamente Menof-Ra y era capital del primer nomo del Bajo Egipto, llamada después Menfis por los Griegos.


De Menfis quedan hoy sólo rui­nas. La profecía de Jeremías, de que "Menfis sería reducida a un desierto, sería devastada y des­poblada" se ha realizado. Sin embargo la ciudad, en cuanto centro principal del culto de Ptah, conoció siglos de gran esplendor que alcanzó su apo­geo durante la VI dinastía. En un epígrafe hallado en Abú Sim-bel, Ramsés II así se dirige al dios: "En Menfis agrandé tu templo, lo edifiqué gracias a un asiduo trabajo y adorné con oro y ricas piedras preciosas...".

Además, Menfis era el centro de la fabricación de los carros de guerra, que representaban la parte principal de toda la indus­tria guerrera egipcia.


LA PROVINCIA DE MENFIS EN EGIPTO


En el centro de Menfis debía de encontarse la ciudadela, la de "las blancas murallas", cuyos trabajos fueron tal vez comenza­dos por Imhotep. Gente de todas las naciones, de todas las razas y de todas las religiones debían de vivir y trabajar en la ciudad. Es verdaderamente increíble que casi nada haya quedado de toda esa prosperi­dad: sólo una interminable extensión de ruinas, columnas mochas, muros desmoronados. El desarrollo de Alejandría sig­nificó el abandono paulatino de Menfis y su lenta pero inexora­ble ruina.


Durante las excavaciones empe­zadas durante el siglo XVIII fue­ron hallados los restos del templo de Ptah en que se coro­naba a los faraones, y de una pequeña capilla también erigida en honor de Ptah por Seti I. Estatuas colosales de Ramsés II levantábanse frente a este tem­plo, de las que quedan sólo dos. Una, de granito rosado, se encuentra hoy en la plaza de la Estación del Cairo. La segunda yace por tierra en toda su majes­tuosidad: mide 13 metros y lleva el nombre del gran faraón, ins­crito en su cartucho, en el hom­bro derecho, en el pecho y en la cintura.


A poca distancia del coloso puede verse la esfinge, tal vez esculpida en la época de Ameno-fis II. Hecha de un solo bloque de alabastro, mide 4 metros de alto por 8 de largo y pesa, según se estima, unas 80 toneladas. Antiguamente adornaba, junto con otras, la avenida que condu­cía al templo de Ptah.

Monasterio de Santa Catalina

Monasterio de Santa Catalina


La que constituye la más pequeña diócesis del mundo es al mismo tiempo el más antiguo convento cristiano todavía existente y que es también la más rica colec­ción de iconas y preciosos manuscritos del mundo.

Las primeras noticias del monasterio de Santa Catali­na las hallamos en las crónicas del patriarca de Alejan­dría, Eutychios, vivido en el siglo IX: nos cuentan que Elena, madre del emperador Constantino, quedó muy surprendida por la sagralidad de estos lugares y en el 330 ordenó la construcción de una pequeña capilla en el lugar en el que se encontraba el espinar ardiente. La capilla fue dedicada a la Virgen.

El emperador Justiniano ordenó, en el 530, la cons­trucción de una basílica mucho más grande, la que se­ría la Iglesia de la Transfiguración. Fue entonces que el convento asumió el aspecto de macizia fortificación que todavía lo caracteriza.

Monumentos del Cairo

Monumentos del Cairo


Durante el período predinástico, en Egipto existían dis­tintas confederaciones guiadas por caudillos o pequeños soberanos. La capital del Bajo Egipto era Buto; la del Al­to Egipto, Nekhet: Con la unión de los dos reinos bajo Narmer, la ciudad de Menfis se convirtió en la primera ca­pital del Egipto unificado.


La capital fue desplazada varias veces a lo largo de los siglos hasta que, con la llegada de Alejandro Magno (332 a.C), se la trasladó al oeste del Delta, a Alejandría, y allí quedó durante todo el período tolomeico y romano. Cuando en Egipto se introdujo el Is­lam se fundaron distintas capitales, todas de clara impron­ta militar, que con el tiempo se fusionaron formando una sola ciudad. En 969 se fundó la nueva ciudad de El-Káhi-ra - actual El Cairo - cuyo nombre significa "la Victorio­sa", que a partir de ese año se convirtió en capital de Egip­to y centro del Islam.

Los Grandes Monumentos del Cairo


La nueva ciudad se desarrolló ve­lozmente: durante la época ayubí se levantó la Ciudadela y se emprendió la construcción de una gran muralla para proteger El-Káhira. La época de los Mamelucos (de 1250 a 1517) representó para El Cairo un importante período de construcción y urbanización, continuado por los Otoma­nos que favorecieron, además, importantes actividades co­merciales. Durante el reinado de Mehemet Alí y de sus sucesores, la ciudad siguió expandiéndose. Después de la re­volución de 1952 y con la reactivación económica de los años sesenta, El Cairo conoció un importante desarrollo demográfico. El gran centro urbano cuenta hoy con más de doce millones de habitantes, y es la más populosa de las ciudades africanas. Es, además, un importante centro polí­tico, cultural y económico del Oriente Medio.

Saquara

Saquara


La necrópolis de Saquara, con sus ocho kilómetros de superfi­cie, es la más extensa de todo Egipto. Es también la más importante desde el punto de vista histórico, pues allí están representadas todas las princi­pales dinastías, desde la primera hasta las de las épocas ptole-maica y persa.

El dios Sokar, de que deriva el nombre de la localidad, frecuen­temente representado de color verde y con cabeza de gavilán, era el patrono de la necrópolis. En el centro de la necrópolis levantábase el conjunto funera­rio de Zoser, fundador de la III dinastía, con su gran pirámide de gradas dominando la ciudadela, alrededor de la cual esta­ban agrupadas otras pirámides y mastabas, representativas de las diversas épocas. Para bien entender la importancia y la ori­ginalidad de esta pirámide de gradas, hay que hablar primero de la mastaba, palabra que en idioma arábico significa "ban­co".


NECROPOLIS DE SAQUARA


La mastaba era la sepultura de los nobles y de los dignatarios de corte. Era un rectángulo con paredes ligeramente inclinadas. Zoser fue el primer soberano que confió a un arquitecto la construcción de un monumento funerario grandioso. Imhotep (cuyo nombre grabado en jero­glíficos ha sido hallado en la base de una estatua de Zoser) fue pues el primer arquitecto de la historia y su obra genial la primera pirámide funeraria del mundo. Imhotep era también un Gran Sacerdote y un ilustre médico: tan genial que dos mil años más tarde los Griegos lo divinizaron con el nombre de Esculapio. ¿En qué consiste pues la invención de Imhotep? Sencillamente, en que construyó una gran mastaba, a la que sobrepuso una pirámide de cua­tro gradas. Luego apoyó a la cara oeste de la mastaba la pirá­mide definitiva de seis gradas. Algunos siglos más tarde los Sumerios debían perfeccionar este tipo de construcción edifi­cando el zigurat, o torre esca­lonada.


Con sus 62,50 metros de altura, esta pirámide era también originalmente revestida de piedra lisa, de la que no ha quedado rastro alguno hoy día. Al lado de la pirámide pueden verse los restos de la "Casa del Sur", de la que sólo quedan dos colum­nas acanaladas, asombrosa anticipación de las columnas dóricas. Encuadran asimétricamente un pórtico coronado por un magnífico friso transver­sal ornamentado con un motivo de nudos sagrados protectores del futuro (friso de Kherkern).


Al sur de la pirámide de gradas se encuentra la pirámide de Unas, último faraón de la V dinastía. El principal interés de este monumento de pequeñas dimensiones (menos de 60 metros de lado) que ya se caía en ruinas en el año 2000 a. de J.C., es el de conservar una gran parte del Texto de las Pirámides, o sea la primera colección de textos mágicos-religiosos escritos en tiempo del Antiguo Imperio, que aseguraban protección al faraón difunto en el otro mundo. Grabado en jeroglíficos pintados de verde, empieza en el pasillo y luego corre a lo largo de las cuatro paredes de la cámara funeraria.

Canteras de granito en Asuan

Canteras de granito en Asuan


Las antiguas canteras de granito, a unos dos kilómetros de la ciudad, se extienden por más de seis kilómetros a partir del río. Unas ranuras espaciadas regularmente en la pared de sienita indican cómo se extraían los bloques de piedra.


En efecto, aquellas ranuras delimitaban los bloques que debían extraerse y en ellas se clavaban cuñas de madera que luego se mojaban. La madera hinchándose reventaba, partiendo la piedra en la dirección de la ranura. Se producían así bloques lisos y regulares, ya listos para ser pulidos.

Allí cerca es visible el célebre "obelisco incompleto", el que hubiera medido 41 metros de alto y pesado 1267 toneladas. Quería erigirlo la reina Hachesut; pero varias grietas aparecieron en el bloque y ésta es la razón porque no fue despren­dido de la roca circunstante.

Castillos egipcios

Castillos egipcios


El primer complejo destinado a residencia oficial y al ejercicio del poder central, es decir, el Palacio del faraón o del príncipe, asume un particular aspecto arquitectónico en las postrimerías del cuarto milenio a.C. y lo mantiene durante casi todo el tercero. Eficaces y de gran belleza son las imágenes en perspectiva de esos monumentales edifi­cios, reproducidas en las tapas de los sarcófagos de fines de la IV dinastía (2620-2500 a.C).


Una idea del sucederse de habitaciones y de patios inte­riores, la hallamos incluso en las construcciones de la pri­mera dinastía, como en la tumba de Aha y, aún más, en la de Udimu (hacia el 2900 a.C).

Este arquetipo de palacio, que dura aproximadamente quinientos años, presenta el característico aspecto de un paralelepípedo rectangular, donde las caras exteriores están animadas por una serie de torres, de modo que entre sa­lientes y entrantes existe una armónica equivalencia; la ma­sa interna está excavada por patios y recintos dispuestos or-togonalmente. Las caras exteriores están adornadas tam­bién con altas lesenas, unidas en su parte superior y a me­nudo coronadas por paneles decorativos y una rica cornisa.


Es interesante notar que esta particular solución arqui­tectónica se observa también en los edificios de Ugarit, Uruk y Mari (en Mesopotamia), en los ziggurat de gradas y en los palacios babilonios; impresionantes son incluso las analogías existentes entre los primeros palacios-templo sumerios y la tumba de Udimu, así como entre el gigan­tesco palacio de Sargón en Korsabad y el complejo de Zo-ser en Sakkarah, analogías que llevan a pensar en la exis­tencia de un modelo común hacia el 4000 a.C.


Los primeros palacios egipcios


El palacio del faraón, vértice de la ciudad y del reino, debía responder a las exigencias reales pero también a las administrativas, de modo que los locales estaban distribui­dos en dos grandes sectores. El primero comprendía las habitaciones destinadas a vivienda del monarca y de su fa­milia; la gran sala de audiencias; la sala del trono; los lo­cales utilizados por el "maestro de palacio", el "custodio de la corona", el "maestro de los dos tronos", y el "jefe del ornamento regio", encargado del complejo ceremonial y de toda la corte real, incluidas numerosas damas de corte y el harén del faraón, a los que se sumaban un ejército de servidores, obreros de palacio, artesanos, artistas, médicos y peluqueros. En contacto directo con las salas oficiales estaban el "Tribunal real" y la "Casa de los trabajos", pre­sidida esta última por el "arquitecto de palacio y cons­tructor de la flota real".


El segundo sector comprendía: la "Casa Blanca" (mi­nisterio de Hacienda); la "Casa Roja" o de la "Eternidad" (ministerio del Culto Regio y Nacional); la "Casa del se­llo real" (ministerio de los Impuestos) con un equipadísi-mo catastro y registro nacional de propiedades; la "Casa del jefe de la armada y del ejército", con cuarteles anejos para la tropa real.


El Tribunal real disponía de secretaría y archivos. El en­juiciamiento comprendía tres fases: petición escrita y do­cumentada; instrucción; juicio en base a las conclusiones de las partes. Las penas impuestas consistían en períodos de detención, apaleamientos y, excepcionalmente, en la condena a muerte por decapitación o ahorcamiento.


Naturalmente, con el fortalecimiento del poder el Pala­cio se enriquece de locales y edificios satélites. A menudo, una sola persona reúne en sí varios cargos. En tiempos de Zoser, por ejemplo, el gran sacerdote Imhotep, hombre re­almente excepcional, desempeña las funciones de médico, arquitecto real y visir.


Con la IV dinastía, el palacio-castillo alcanza su máxi­mo esplendor. Sin duda alguna, estos edificios monumen­tales se desarrollaron en un clima de experiencias arqui­tectónicas, técnicas y artísticas, desconocidas en el resto del mundo. El bloque central presenta un juego de llenos y vacíos, acentuado por saledizos y molduras verticales que, si se los compara con las paredes del mausoleo de Zo­ser, revelan una excepcional evolución arquitectónica y técnica ocurrida en menos de doscientos años.

Decoracion egipcia

Decoracion egipcia


1. Trono. En las representaciones, tanto esculpidas como pintadas, aparece ya a partir del tercer milenio y está destinado indiferentemente a los dioses o a los faraones. Está formado por un plinto puesto sobre una plataforma reposapiés; un almohadón chato y largo recubre completamente el asiento y el bajo respaldo.


2. Mesita. El tablero es deforma circular y se apoya en una sola pata de tipo campaniforme.


3. Silla. El asiento y el espaldar están cubiertos por un almohadón y las patas tienen forma de zarpas de león. Normalmente está acompañada de un reposapiés.


4. Silla plegable. Del tipo de tijera, se usa aún en nuestros días.


5. Pequeña mesa rectangular. Se apoya sobre un soporte de cuatro patas. Usada para juegos de mesa (damas o ajedrez), probablemente tenía también algunos pequeños cajones.

6. Soporte bajo para vasos o ánforas.


7. Soporte alto para ánforas.


8. Cabezal o reposacabezas. A partir del 3000 a. C. se lo usa para dormir, como alternativa a la almohada.


9. Cama. Está formada por un bastidor rectangular de tiras de cuero o de tela, sostenidas por una estructura lateral. En el ejemplo que mostramos, los elementos laterales son dos perfiles de leones estilizados, modelo muy difundido en el segundo milenio.


10. Cofre, utilizado para guardar joyas y otros objetos personales.


11. Arca para guardar vestidos. A veces tiene más de un metro de altura y sus patas están provistas de patines para facilitar su transporte de un local al otro. La ropa también se colocaba en una especie de armario-ropero, con estantes de madera o de obra de albañüería, construidos aprovechando los entrantes de las paredes.

El clima Egipcio

El clima Egipcio


Egipto es como un gran oasis entre dos zonas desérti­cas. Aunque está dividido sólo en dos partes geográfi­cas, teóricamente pueden considerarse en él tres regio­nes: el Alto Egipto, el Medio y el Bajo Egipto. Dos son, en cambio, las estaciones: la cálida, que va de abril a octubre y la fresca, que abraza el período de noviembre a marzo. Pero el campesino distingue tres épocas en el curso del año: la invernal (chetui), la esti­val (sefi) y la de la crecida del río (nili). No se exagera en absoluto afirmando que mucho ha influido sobre la civilización egipcia el clima del país, uno de los más tí­picos de toda la tierra.

Es un clima principalmente sahariano, con precipitaciones atmosféricas casi nulas, cambios bruscos de temperatura del día a la noche. El calor empieza a crecer a principios de marzo: es el mo­mento en que sopla el "qamsin", el viento abrasador que viene del desierto, llamado "cherd" por los indí­genas, "merisi" por los beduinos y simún por los po­bladores del desierto.


EL CLIMA EGIPCIO A ORILLAS DEL NILO


El "qamsin" sopla desde sudsudoeste y es precedido por una violenta caída de la pre­sión atmosférica, a la que de inmediato sigue un rápido aumento de la temperatura: en pocos instantes el termómetro sube de 12-15 grados y el viento del de­sierto trae una nube de polvo impalpable. En el Alto Egipto, sobre todo en Luxor y Filae, el termómetro puede alcanzar 46 y aun 48 grados. Excepto en el lito­ral, el aire en Egipto es muy seco; pero de julio a octu­bre el Nilo trae un volumen de agua tan grande y riega zonas tan vastas que una pesada humedad invade en­tonces la atmósfera.

El Palacio de Akhenaton

El Palacio de Akhenaton


Entre el mundo de las pirámides y el mundo de los templos y santuarios, incluido el de Tebas, se inserta - no sólo geográfica, sino también estilística e idealmente - el de Akhenatón, el "faraón hereje".


Este efímero mundo, que se asoma apenas en la historia de Egipto - pocas décadas frente a más de tres mil años - es ciertamente producto de la fuerza trascendental que arranca de la Esfinge, madura en la experiencia de Imhotep y vuelve a emerger finalmente en las pirámides. Esta aspiración al Dios-Hombre, que se manifiesta como una centella en la conciencia de todos, es la misma que vibra, por siglos, en la intuición de pocos iniciados, y principalmente de los artífices del mundo de las pirámides.


Historia del Palacio de Akhenaton

La revelación de Akhenatón se materializa en la ciudad de Akhetatón, "el Horizonte de Atón ", en Tell el-Amarna y, en particular, en la residencia misma del faraón. Esta casa, como todas las construcciones de la ciudad, no tiene dimensiones colosales ni estructuras que desafíen el tiempo y la naturaleza: está hecha conforme a sus exigencias físicas y espirituales y en estrecha unión con el entorno, pues ha sido concebida para la vida temporal y espiritual del hombre y de su familia.


La residencia privada del monarca se levantaba sobre la Gran Avenida Real, estaba precedida por un jardín distribuido en tres terrazas escalonadas, y una rampa empedrada para los carros, con escalera para los peatones, la conectaba con la vía pública. La mayor parte del área estaba ocupada por un pequeño parque de 3.500 metros cuadrados, sembrado de plantas y flores. Ambos esposos tenían su propio apartamento, compuesto de aposento, cómodo cuarto de baño y guardarropa.


El faraón tenía también un pequeño taller de pintor, donde se han hallado pinceles de fibra de palmera y "lápices" de huesos de pez. Las hijas del monarca tenían seis pequeños cuartos en torno a un patio privado. Todas las paredes, el techo e incluso el piso estaban decorados y pintados con escenas de vida al aire libre entre flores, plantas, animales domésticos y pájaros.

La barca solar

La barca solar


En mayo de 1954, el arqueólogo egipcio Kamal El-Mallak sacó a la luz - después de casi 5.000 años - una barca solar enterrada al sur de la pirámide de Keops: tal vez era la misma que había acompañado el cuerpo del faraón hasta su última morada.

La embarcación fue construida con madera de cedro, sicómoro y azufaifo, y tiene 46 metros de longitud; en su parte central mide unos seis metros de ancho y en la proa y en la popa termina con árboles en forma de papiro. En el centro de la barca se encuentra una cabina cerrada de nueve metros de longitud; la barca estaba dotada de seis parejas de remos.

En la reconstrucción ideal - en la página de enfrente - se observa la gran embarcación apoyada sobre un trineo arrastrado por bueyes, mientras una procesión de sacerdotes y sacerdotisas transportan ofrendas sagradas.