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Las mansiones de los nobles

Las mansiones de los nobles


La vivienda de los nobles y de las clases acomodadas era, normalmente, mucho más pequeña y menos rica en decoraciones que la mansión del faraón.


En las ricas ciudades del Delta, los armadores y los grandes comerciantes se habían construido viviendas prin­cipescas, mientras que en las ciudades del Alto Egipto las casas más hermosas pertenecían a los príncipes y a los funcionarios gubernativos.


Durante el tercer milenio antes de Cristo, la morada principesca de los vivos es muy similar a la morada prin­cipesca de los muertos: en efecto, las casas de los notables de la antigua Menfis, capital del Alto y del Bajo Egipto, eran muy similares a las "mastabas" que todavía hoy se ven en torno a las Grandes Tumbas de los faraones, en las necrópolis de Gizeh y de Sakkarah.


Estas mansiones presentaban el aspecto de un paralele­pípedo más o menos rectangular, de una sola planta y con una única entrada. Delante de ella, a veces, había un pe­queño jardín vallado. Un pequeño sendero conducía a la casa, situada algo más hacia atrás, con un pórtico delante­ro que en las casas más ricas tenía uno o dos pilares. El bloque paralelepípedo del edificio estaba "excavado" por numerosas habitaciones de diferente tamaño y por uno o dos patios a cielo abierto. Los cuartos no recibían luz y ai­re del exterior, sino de los patios y atrios del interior.

La distribución de los locales no seguía un esquema axial o simétrico, sino sencillamente una sucesión regula­da por las exigencias de la familia y por sus posibilidades económicas. Normalmente en el vestíbulo había un pequeño recinto que hacía las veces de portería; a la derecha se hallaba el ala de recibo, la sala donde se reunía la familia, el estudio y las habitaciones particulares del dueño de la casa, dispuestas en torno al peristilo del patio principal; a la izquierda se encontraban las habitaciones de los hijos, así como los locales privados de la dueña de casa, que dis­ponía de un patiecillo propio. Entremezclados: los distin­tos servicios, la cocina, la despensa, el almacén. Según el cargo del propietario, el ala de recibo tenía una salita en el fondo donde marido y mujer, sentados en dos pequeños tronos, recibían a los huéspedes y a sus sirvientes, y asis­tían a las fiestas. En un pozo-cisterna se recogía el agua, transportada por borricos o llevada por la servidumbre. Debajo de la cocina o de otras habitaciones de la casa ha­bía sótanos para conservar los víveres o depositar objetos y adornos.


Las mansiones de los nobles egipcios


En las postrimerías del 3000 a.C. y durante todo el mi­lenio sucesivo, estas mansiones adquieren cada vez mayor importancia y autonomía, tendiendo a imitar - aunque con mayor modestia - el Palacio del faraón. El número de ha­bitaciones aumenta y su distribución se vuelve más orde­nada y axial; el edificio se enriquece con columnas, si bien de madera pintada, en los atrios, en los pórticos y en el in­terior de las salas. El jardín adquiere mayor importancia y se le da tamaño considerable, adornándoselo con estan­ques, fuentes, pérgolas, árboles, flores, e incluso con ce­nadores.


En la ciudad de Akhetatón, al norte y al sur del centro -es decir, del Templo Máximo y del Palacio de Akhenatón - nacen dos pequeños suburbios formados por parcelas iguales y rectangulares, cada una de ellas con su villa y el correspondiente jardín: todas viviendas similares, nacidas ciertamente de un único proyecto tipo. Casas con habita­ciones pequeñas pero numerosas, dispuestas a veces en dos plantas; con atrios amenos, verandas y pórticos-balco­nes de madera. Casas pintadas con gran profusión, inclu­so en el techo y los pisos. Y jardines de modesto tamaño, pero todos con sus parterres llenos de flores, pajareras, pérgolas umbrosas, quioscos, laguitos y, en el exterior de la casa, la capillita dedicada a Atón-Ra.


Abandonada Akhetatón, las moradas de los nobles vuel­ven a descollar en torno a los palacios de Tebas y en las ri­quísimas ciudades del Delta. Cada vez más numerosas son las habitaciones destinadas al dueño de la casa y a su fa­milia: antecámaras, cuartos de baño, tocadores, salas des­tinadas a masajes y otras para los ungüentos aromáticos. La cama de los dueños de casa está protegida por un bal­daquín de pared doble para mantener el interior más fres­co. Un gran número de cuartos con aseo se destina al hués­ped. Cada miembro de la familia dispone de su propia ser­vidumbre y de habitaciones privadas.


No existían esclavos al servicio de las clases pudientes, y ni siquiera en la residencia del faraón. Los prisioneros de guerra labraban la tierra, que era patrimonio del Estado, y sólo a partir del 1500 a.C. se los entrega como recompen­sa a los oficiales del ejército, convirtiéndose en propiedad privada de los mismos. Sin embargo, al prisionero-esclavo no se lo trataba como animal de carga; al contrario, hubo casos como el de un rico barbero que, comprado un pri­sionero le enseñó su oficio, le otorgó en esposa a su sobri­na y, tras liberarlo de su yugo, le hizo partícipe de sus pro­pios bienes.

La sociedad egipcia

La sociedad egipcia


El faraón:

Egipto fue siempre una monarquía absoluta, en cuyo punto culminante estaba el rey, llamado faraón, consi­derado un dios viviente y destinado a unirse con las otras divinidades después de su muerte aparente. Se le daba el título de Hijo del Sol, representaba el poder re­ligioso, político y militar en todo Egipto y le asistía un primer ministro, quien encabezaba el poder ejecutivo. La palabra "faraón" es, en realidad, la deformación griega de una palabra egipcia que indicaba el palacio real. Es sólo durante el Imperio Nuevo, que "faraón" designará a la persona del soberano.

Constitución social y administrativa:

Los Egipcios estaban divididos en clases. La más res­petada era la de los sacerdotes, a quienes les corres­pondía cuidar de los templos. Ricos e influyentes, los sacerdotes estaban exentos de impuestos y se mante­nían con el dinero del culto. Las otras clases estaban constituidas por los nobles, encargados del gobierno político y religioso de las provincias; los escribas, es decir los empleados de la administración real; y por fin, el pueblo, formado sobre todo por artesanos y campesinos.


La agricultura:

Desde la más remota antigüedad, Egipto fue siempre un país esencialmente agrícola, productor de frutas, habas, lentejas, lino y sobre todo cereales, como trigo y mijo, que entonces se exportaban en grandes canti­dades. Las pinturas de las distintas épocas, que ilus­tran los trabajos en los campos, muestran que los ins­trumentos de aquel tiempo eran muy parecidos a los que aún hoy emplea el campesino egipcio.


Caracteristicas de la sociedad egipcia


La industria y el comercio:

Los Egipcios eran también hábiles en las actividades industriales y comerciales. La gran variedad de los objetos hallados en las tumbas atestigua su extrema capa­cidad para labrar oro, plata y cobre y tallar piedras preciosas. El arte de la orfebrería (anillos, brazaletes, pendientes, aretes, etc.) en que eran particularmente hábiles, alcanzó un grado de perfección extraordinario durante la IV, XII, XVIII y XX dinastías. Con muy es­casos medios, lograban tejer preciosas telas y en forma parecida fabricaban cerámicas, vidrios y esmaltes. No existía entonces moneda para las transacciones: una vez logrado el acuerdo, se trocaba una mercancía por otra. Con los pueblos de Nubia, por ejemplo, se troca­ban productos de la agricultura y de la industria; trigo y cebollas, armas y joyas en cambio de madera y pie­les, oro y marfil. Especias e incienso venían de Arabia, en tanto que grandes cantidades de madera de cedro procedían de Fenicia. A partir de la XVIII dinastía los Egipcios entablaron relaciones de negocios con los paí­ses de la cuenca del Eufrates y con las islas del Medite­rráneo oriental.


Las ciencias:

Según enseñaban los sacerdotes, las nociones de la ciencia fueron al principio transmitidas al hombre por Thot, el dios lunar considerado el inventor de la escritura, quien redactó todas sus obras inspirado por el dios supremo. Los Griegos lo asimilaron a Hermes Trismegisto, o sea "tres veces todopoderoso". Otro dios había revelado todas las instituciones sociales del antiguo Egipto.


Los Egipcios eran muy adelantados en la ciencia astro­nómica. Desde tiempos inmemoriales, basándose en la observación de los cuerpos celestes, habían calculado un año astronómico dividido en doce meses de treinta días, reunidos en tres estaciones agrarias de cuatro me­ses cada una: el período de la inundación, el de la siem­bra y el de la cosecha. A este conjunto de trescientos sesenta días había que agregar cinco días suplementa­rios que correspondían a las fiestas principales. La medicina también aparece muy pronto, pero a me­nudo mezclada con la magia. Numerosos tratados de medicina han llegado hasta nosotros: un tratado de ginecología, un manual de fórmulas y remedios varios, un tratado de cirugía y otros más. Sin duda alguna los médicos egipcios conocían las pro­piedades terapéuticas de las plantas. Por el contrario, tenían un conocimiento muy imperfecto de la anato­mía a pesar de su experiencia de embalsamamiento, y ello se debe a que desde el punto de vista religioso el cadáver era sagrado.

Los origenes del pueblo Egipcio

Los origenes del pueblo Egipcio


La historia de Egipto puede empezar en la época pa­leolítica, aun siendo una historia sólo hecha de hipóte­sis y suposiciones. En aquel tiempo era el valle del Nilo muy distinto de lo que es hoy: hasta el Delta el territo­rio era todo una vasta ciénaga, el río lo cubría casi por completo y el clima era mucho más húmedo que el ac­tual. Sin embargo, las condiciones fueron modificán­dose a fines del paleolítico; el Nilo fue tomando su cur­so actual y el desierto invadió lentamente las regiones limítrofes, favoreciendo la concentración de la vida humana a lo largo del fértil valle del río.


En la época neolítica, es decir unos 10.000 años antes de Jesucristo, ya vivían en el país dos pueblos muy dis­tintos y de diverso origen: uno, de raza africana, pro­venía del centro de África; el otro, de raza mediterrá­nea, había llegado desde Asia central. También se cree que un tercer grupo se había asentado allí, procedente de la legendaria Atlántida y llegado al valle del Nilo pasando por Libia. Fue así como se formaron dos gru­pos de civilizaciones: el primero se detuvo en el norte del país, en la región del Delta, fundando la primera aglomeración urbana, Merimda; el segundo se estable­ció en el sur y tuvo Tasa como capital del distrito. El pueblo egipcio, pues, ya estaba dividido en dos gru­pos desde aquella lejana época y a pesar de la sucesiva unificación del país, quedó un rastro de ello en la divi­sión del territorio en nomos (así llamados por los Griegos), de los que había veintidós en el Alto Egipto y veinte en el Bajo.

Estos eran aún los albores de la civilización, la época que los Egipcios llamaron "el tiempo del Dios", en que el rey Osiris ocupaba el trono de Egipto.


LOS ORIGENES DEL PUEBLO EGIPCIO EN LA EPOCA PALEOLITICA


El reinado terrestre del primer rey egipcio está docu­mentado por un conjunto de inscripciones llegadas a nuestros días con el nombre de Texto de las Pirámides. Según la leyenda, fue el mismo Osiris quien realizó la primera unificación de los dos grupos étnicos; pero ella fue de corta duración, pues hay que llegar aproxi­madamente a 3200 a. de J.C. para hablar de historia egipcia.


Union del Alto y Bajo Egipto


La historia comienza con el rey Narmer, identificado por algunos con el mítico rey Menes, quien fue el unifi-cador de los dos reinos y fundó la primera de las trein­ta y una dinastías que se sucedieron en el trono egipcio hasta 332, año de la conquista de Alejandro Magno. "Es un quebrantador de cabezas... no conoce indul­gencia". Es esto lo que se lee del rey Narmer en una antigua inscripción, y es el terrible ademán en que está representado en la célebre "paleta de Narmer", una tablilla de pizarra de 74 centímetros de alto, que data de alrededor de 3100 a. de J.C, hallada en Hierakon-polis (la antigua Nekheb, hoy El-Kab), la ciudad sa­grada del reino prehistórico del Alto Egipto. En una cara de la paleta aparece el rey con la corona cónica del Alto Egipto, asiendo con una mano por los cabellos al enemigo ya postrado y empuñando una clava en la otra. La otra cara de la tablilla lo representa con la co­rona del Bajo Egipto, frente a una multitud de enemi­gos decapitados.


Tres eran en efecto las coronas, símbolo de la realeza: la blanca del Norte, la roja del Sur y la doble corona, formada por las dos anteriores, que simbolizaba la unidad del reino. Asimismo, el buitre era el símbolo del Alto Egipto y el áspid el del Bajo Egipto.

Egipto antes de los Faraones

Egipto antes de los Faraones


Antes de que "estallase" la civilización egipcia, es decir, en la era paleolítica, el Mar Mediterráneo estaba dividido en dos grandes cubetas por una lengua de tierra que, pa­sando por la isla de Malta, unía Túnez a Italia. Un inmen­so anillo de tupidos bosques lo ceñía, y en lugar del Nilo había una cadena de vastas lagunas y espesuras que llega­ban hasta el mar. La fauna europea se mezclaba entonces con la del norte de África; razas mediterráneas alpinas, confundidas con especies somalíes y beréberes, vivían en una especie de edén sin confines.


Entre el 10.000 y el 8000 a.C. un cataclismo - que se es­taba gestando desde hacía tiempo - ocasiona profundos cambios en la superficie del globo terráqueo: el puente tendido entre Túnez e Italia se hunde en los abismos del mar dejando, cual migajas, sólo las islas maltesas; en el norte de África los inmensos bosques se van raleando progresivamente; las desmesuradas lagunas desaparecen cediendo sitio a desiertos de roca y arena. El Nilo empie­za a tomar su trazado definitivo, y cada vez más se pare­ce a una gigantesca serpiente que desde el corazón del África corre junto al Mar Rojo hasta volcar sus aguas en el Mediterráneo.

Entre el 8000 y el 5000 a.C. tanto en el Alto como en el Bajo Egipto hay un continuo desplazamiento de indivi­duos: son pueblos procedentes de Asia, del centro de Áfri­ca y del Occidente, son tal vez los sobrevivientes de la le­gendaria Atlántida. Pero la tierra del Nilo se vuelve cada vez menos hospitalaria: el desierto va cerrando sus tenazas e invadiéndola implacablemente, al par que las crecidas del imponente río borran sus orillas sepultándolas bajo ca­pas de barro viscoso. Mas he aquí que en el cuarto milenio aparece en este escenario un pueblo extraordinario, un pueblo capaz de encauzar las aguas cenagosas a lo largo de miles de kilómetros y de coordinar el trabajo agrícola en millares y millares de hectáreas; un pueblo que funda aldeas y ciudades y crea la más vasta sociedad organizada que jamás había existido. Pálidos destellos ofrecen expe­riencias similares, florecidas sólo en Mesopotamia (Uruk, Ur, Lagash), y no es posible localizar sus orígenes más que volviendo nuestros ojos hacia el hipotético continente de Atlántida, cuya existencia supuso, tres mil años después, el sabio Platón.


Los mismos egipcios afirman que su historia comienza con el reinado de Osiris, y que antes que él ya habían exis­tido otros tres grandes reinos divinos: el Reino del Aire, gobernado por Shu; el Reino del Espíritu, cuyo señor era Ra; y el Reino de la Tierra, en manos de Geb. En estos rei­nos parecen estar representadas las eras anteriores a la nuestra, y en el de Geb la Era de Atlántida. Osiris, el dios-rey y hombre, está recordado como un monarca de ilimitada bondad y sabiduría, que reúne a las tribus nómadas y les enseña a trocar el daño de las inundaciones en benefi­cio; a rechazar al desierto árido y seco, siempre al acecho, con la irrigación y la labranza de la tierra; a sembrar el tri­go para poder disfrutar de harina y pan; a cultivar la uva para transformarla en vino y la cebada en cerveza. Al mis­mo tiempo, Osiris entrega a las tribus nómadas los rudi­mentos para la extracción y elaboración de los metales, y con el sabio Thot les enseña la escritura y las artes. Cum­plida su misión, deja en el trono a su amada esposa y co­laboradora Isis y se marcha hacia las tierras de Oriente (Mesopotamia) para instruir a los otros pueblos. A su re­greso, su hermano Seth le prepara una celada y lo mata, se apodera del trono y esparce sus miembros por todo Egip­to. Su desconsolada esposa reúne los pedazos de Osiris, y con la ayuda del fiel Anubis recompone su cuerpo. Se pro­duce entonces el milagro: gracias a las lágrimas de Isis, Osiris resucita y sube a los cielos tras dejarle un hijo: Horus. Ya adulto, éste se enfrenta con su malvado tío, derro­ta al usurpador y retoma la obra de su divino padre.


La cultura de Egipto antes de los Faraones


De esta aurora de los tiempos, en la que historia y le­yenda se confunden con las imágenes de Atlántida o del "planeta Egipto", es mudo testigo ese monumento único y sin edad que es la Gran Esfinge.


La construcción de la Esfinge se atribuye a Kefrén (ha­cia 2550 a.C), pero ningún elemento técnico, arquitectó­nico ni de lógica continuidad la vincula a la Gran Pirámi­de y a los monumentos de ese Faraón. La representación del cuerpo de león con cabeza humana invierte la clásica visión de los dioses, con el cuerpo humano y la cabeza de animal (leonina en la pareja primigenia), y acentúa el mis­terio de este colosal ideograma: ¿es un monumento que el antiguo pueblo dedica a su primer rey, el gran Osiris, una piedra miliaria hincada entre la vida terrenal y la celeste?


El pueblo elegido de seis mil años ha se divide en dos grandes zonas de características bien diferenciadas: el Al­to Egipto, en el valle del Nilo, que desde el Sur serpentea hacia el Norte con un curso de centenares de kilómetros; y el Bajo Egipto, bañado por los innumerables canales del Delta que se extienden por aproximadamente 150 km.


El Alto Egipto, es decir, el territorio de Egipto que se ex­tiende al sur de la Esfinge, tiene una faja de tierra cada vez más estrecha y menos generosa; al aumentar las dificulta­des y complicaciones de la vida cotidiana se acentúa tam­bién la necesidad de encerrarse, de reunirse en grupos hu­manos preocupados sobre todo por los problemas internos.


El Bajo Egipto es, en cambio, una tierra generosa, cuya densa población mantiene un contacto continuo con los otros pueblos a través de infinitas vías que favorecen las actividades mercantiles, por tierra y por mar; por consi­guiente, en la tierra del Delta florecen comunidades abier­tas, autosuficientes, en continua ebullición.

El imperio Egipcio antiguo

El imperio Egipcio antiguo


El Imperio Antiguo, que comienza hacia 3200 a. de J.C., es considerado por muchos como el período más feliz de toda la historia egipcia. Es también llamado Imperio Menfita, pues entonces la capital fue traslada­da de Abidos a Menfis, nombre griego de Menefert, capital del I nomo del Bajo Egipto. Durante este pri­mer período de la historia egipcia es cuando se crearon las primeras leyes civiles y religiosas, se fijaron los cá­nones artísticos y nació la escritura.


El faraón más im­portante de aquel tiempo fue Zoser, fundador de la III dinastía, y a él se debe la construcción del primer gran monumento de piedra de Egipto, la pirámide escalona­da de Saqqarah. Fue él también quien por primera vez llamó a un ministro para que le ayudara en la adminis­tración de su reino, siempre más difícil y compleja. Además, Zoser llevó a cabo varias expediciones milita­res hacia Nubia, allende la primera catarata, y hacia el Sinaí.


EL IMPERIO EGIPCIO ANTIGUO Y LOS FARAONES


La V dinastía tomó el nombre de "heliopolitana" por haberse originado en Heliópolis y también porque se­gún la leyenda sus tres primeros faraones fueron con­cebidos por la mujer de un sacerdote de Ra, por obra del mismo dios. Es a partir de aquel tiempo que todos los faraones tomaron el nombre de "Hijos de Ra". Los Textos de las Pirámides datan de aquel período, en que se realizaron expediciones militares que se inter­naron en Asia y Libia. La personalidad más notable de la VI y última dinastía del Imperio Antiguo es la de Pepi II, cuyo reinado fue el más largo de toda la historia de Egipto: subió al trono a la edad de seis años y lo ocupó por noventa y cuatro años. Pero ya el poder central iba debilitándose y dispersándose en las manos de los nomarcas (príncipes feudales) que se lo transmi­tían de uno a otro sin que el faraón pudiera intervenir u oponerse. Empieza entonces el primer período intermedio.

Es una época larga, obscura y agitada, en que Egipto es atormentado por la anarquía y el desorden social. Se extiende este período desde la VII dinastía (hacia 2180 a. de J.C.) a la XI dinastía (hacia 2130 a. de J.C.).

El imperio medio

El imperio medio


El Imperio Medio empieza hacia 2060 a. de J.C, a fi­nes de la XI dinastía. Buscando apoyo en la clase aco­modada, el faraón Mentuhotep I logró restablecer su poder sobre el Bajo Egipto. Durante el reinado de sus sucesores Mentuhotep II y Mentuhotep III, toman ma­yor impulso los tráficos, se abre una vía comercial ha­cia el Mar Rojo y prosigue la política de expansión en Nubia. Hacia el año 2000 a. de J.C. tiene comienzo la XII dinastía, una de las más célebres y más grandes de la historia egipcia. Su fundador Amenem het intensifi­ca el culto de Amón, a quien eleva al más alto rango entre las divinidades.


Es un administrador de gran ha­bilidad y bajo su autoridad Egipto conoce un nuevo período de prosperidad. En política exterior Amenem-het lleva los confines de Egipto al corazón mismo de Nubia llegando hasta Korosko, y traba batalla contra los pueblos líbicos. Le sucede su hijo Sesostris I, quien se adueña de las minas de oro del Uadi Allaki. A fin de asegurar la continuidad de la dinastía asocia al tro­no a su hijo mayor, y éste es un ejemplo que todos sus sucesores seguirán.


EL IMPERIO MEDIO EN EGIPTO


Queda muy poca documentación acerca del reinado de Amenemhet II y Sesostris II, sus sucesores. Se sabe sin embargo que entablaron relaciones comerciales con Fenicia y sanearon la región palustre de Fayum, donde Amenemhet III hará construir más tarde un lujoso pa­lacio, tan complejo que los Griegos lo mencionarán como "el Laberinto". Su sucesor Sesostris III fue uno de los soberanos más gloriosos de Egipto. Llevó a cabo cuatro expediciones militares contra Nubia, la que co­lonizó definitivamente. Avanzó hasta Palestina y man­dó edificar fortalezas en los confines con el Sudán. En aquella misma época la vida cultural floreció notable­mente, con la creación de obras célebres como el Libro de las dos Vías y los Preceptos de Amenemhet.


La XII dinastía pone fin al Imperio Medio, dando co­mienzo al segundo período intermedio aún hoy el me­nos conocido y el más dudoso entre los períodos histó­ricos del antiguo Egipto. Es un período dominado por la invasión de pueblos extranjeros de raza semítica procedentes de Oriente. El sacerdote Manetón de Se-benitos, quien escribió en griego una historia de los Hechos memorables de Egipto, los llama Hiksos, que es una deformación de la palabra egipcia "Hekakha-sut", o sea "pueblos extranjeros". Estos invadieron las fértiles planicies del Delta y fortalecieron Avaris, que hicieron su capital.


La victoria de los Hiksos sobre los Egipcios debió de ser muy fácil, no sólo porque en­contraron un gobierno ya vacilante, sino porque dis­ponían de una potencia militar muy superior a la de Egipto: empleaban, en efecto, armas de hierro y carros de guerra tirados por caballos, cosa que a los Egipcios les era completamente desconocida. Los Hiksos ocu­paron Egipto por cerca de un siglo. Por fin, algunos príncipes tebanos, aliados con otras dinastías del Alto Egipto, lograron derrotar al ejército de los invasores. La guerra de reconquista y liberación fue terminada hacia 1622 a. de J.C. por Ahmés, el fundador de la XVIII dinastía, quien acosó a los enemigos hasta el sur de Palestina y luego reunió todo Egipto bajo su cetro.

El imperio nuevo

El imperio nuevo


El Imperio Nuevo comienza hacia 1580 a. de J.C. y marca el triunfo del reino egipcio sobre todo el mundo hasta entonces conocido: es un período de poderío mi­litar, no más fundado en una política de defensa sino en la conquista, y de máximo esplendor artístico y cul­tural. Capital es todavía Tebas y los sacerdotes del dios Amón tienen siempre mayor influencia.

Los sucesores inmediatos de Ahmés, es decir Tutmosis I y Tutmosis II, se dedican ante todo a conquistas y ex­pediciones militares. Distinta es la actitud de la reina Hatsepsut, quien se proclama regente después de alejar a su sobrino Tutmosis III y reina sola por veintidós, años llevando barba y vistiéndose con trajes de hom­bre. Tranquilo en el campo militar, el reinado de Hat­sepsut es fervoroso en el campo artístico: fue ella, por ejemplo, quien mandó edificar esa obra maestra de ar­quitectura que es el conjunto funerario de Deir-el-Bahari. A su muerte Tutmosis III recupera el trono — después de haber hecho borrar de todos los monumen­tos el nombre de la usurpadora — y reina por 34 años. Bajo su autoridad Egipto vive una de sus épocas de mayor esplendor. Con diecisiete expediciones militares en Asia, derrota definitivamente a los Mitanios. Han quedado célebres en la historia sus victorias: Kadesh, Meggido, Karkhemish. Ahora el imperio egipcio com­prende también las islas de Creta, Chipre y el grupo de las Cicladas. Al fin de su reinado Tutmosis III llega hasta la cuarta catarata, extendiendo así los confines desde Napata, en Nubia (actualmente Yebel Berkal) hasta el río Eufrates.

EL IMPERIO EGIPCIO NUEVO


Sus sucesores inmediatos se limitan a mantener esta si­tuación: en 1372 a. de J.C. sube al trono egipcio Ame-nofis IV, quien ha pasado a la historia no sólo como el rey-poeta, sino también como el rey herético o cis­mático. Amedrentado por el clero de Amón, que había creado casi un estado dentro del estado mismo, el faraón reemplaza la religión de Amón con la de Atón, el disco solar, para cuya adoración ya no hacen falta simulacros. Cierra por tanto los templos y dispersa a los sacerdotes, abandonando Tebas y fundando una nueva capital, Akhetatón ("el horizonte de Atón"), la actual TelI-el-Amarna. Como último acto, cambia su propio nombre: no más Amenofis, que significa "Amón está contento", sino Akhenatón, o sea "esto le agrada a Atón". Sin embargo, el cisma no le sobre­vivió: la corona pasó al muy joven Tutankatón, quien bajo la influencia de la hermosísima Nefertiti ("la her­mosa que aquí viene") esposa-hermana de Akhenatón, volvió después de poco a Tebas, restableció el culto de Amón y cambió su nombre por el de Tutankamón. Es­te rey, muerto misteriosamente a los dieciocho años de edad, ha pasado a la historia por el memorable hallaz­go que de su tumba hizo Howard Cárter en 1922.


Sin embargo, en tanto que Egipto va hundiéndose siempre más en la anarquía, el poder pasa ahora a ma­nos de los militares, de Horemheb a Ramsés I (un mili­tar de profesión), luego a Seti I, quien reanuda la polí­tica de conquistas en el Oriente, y en fin a Ramsés II, apellidado el Grande, quien se dedica con todo empe­ño a guerrear contra los Hititas. Los detuvo en Ka­desh, en una épica batalla cuyo éxito fue incierto, no dando lugar ni a vencedores ni a vencidos. En los se­senta y siete años de su reinado el faraón quiso expre­sar toda su potencia en monumentos colosales (Abú Simbel, Karnak, Luxor). A su muerte le sucedió su hi­jo Mineptah y con él tiene comienzo la lenta pero ine­xorable decadencia del imperio egipcio: la anarquía in­terior y la llegada de los pueblos indoeuropeos a fines del segundo milenio a Libia, Asia y toda el área del Mediterráneo, pondrán fin al ya precario equilibrio in­terno.


El tercer período intermedio empieza en 1085 a. de J.C. con el advenimiento de la XXI dinastía y el trasla­do de la capital a Tanis. En seguida el poder pasa a las dinastías líbicas y más tarde etiópicas, siendo la capital nuevamente trasladada a Napata, en el Sudán. Llega después la época de la dinastía saíta y de las domina­ciones persas. Es en 524 a. de J.C, durante la XXVII dinastía, que los Persas de Cambises conquistan Egip­to por primera vez. En 332 a. de J.C. los Egipcios re­claman la ayuda de Alejandro Magno, quien será aco­gido como un libertador y a quien el oráculo de Luxor llama "hijo de Ra". Alejandro funda la ciudad de Alejandría (donde se le sepultará en 323 a. de J.C), ciudad que llegará rápidamente a ser el centro cultural de todo el mundo antiguo. A su muerte Egipto es go­bernado por la dinastía ptolemaica (o de los Lagidas), con la que empieza el proceso de helenización del país. Los dos siglos anteriores a la venida de Jesucristo ven la debilitación progresiva del país frente al astro na­ciente de Roma, bajo cuyo dominio colonizador cae luego Egipto.


Por fin, en 395 de nuestra era, a la muerte de Teodosio, Egipto se transforma en una provincia del Imperio de Oriente.

La escritura jeroglifica

La escritura jeroglifica


La interpretación de la misteriosa escritura egipcia ha suscitado siempre un interés muy vivo. En 1799 Bouchard, un capitán del ejército francés, estaba dirigien­do las operaciones de fortificación del fuerte Saint-Julien, a poco más de cuatro kilómetros de la ciudad de Roseta, cuando de repente, excavando, los obreros hallaron una piedra que ha pasado a la historia de la arqueología como la "estela de Roseta", la que ha per­mitido descifrar la escritura jeroglífica.

A consecuencia de las vicisitudes históricas, la estela pasó más tarde a los ingleses, que hicieron de ella una de las piezas más importantes del British Museum. Se trata de una losa de basalto negro muy duro, sobre una cara de la cual está grabada una larga inscripción trilingüe, cuyos textos están sobrepuestos. De las tres ins­cripciones la primera, de catorce renglones, está graba­da en caracteres jeroglíficos; la segunda, de treinta y dos renglones, en caracteres demóticos (del griego "demos" que significa pueblo y designaba un tipo de escritura usada por el pueblo, contrariamente a la hierática, o sagrada, reservada a los sacerdotes y sabios). La tercera inscripción, de cincuenta y cuatro renglo­nes, está grabada en caracteres griegos y por tanto comprensibles.


Historia de la escritura jeroglifica


Una vez traducida esta última, resultó ser un decreto sacerdotal en honor de Ptolomeo Epífanes, que terminaba con la orden formal de que "este decreto, grabado en losa de piedra dura en tríplice es­critura jeroglífica, demótica y griega" fuera esculpido "en todos los más importantes templos de Egipto". El honor del desciframiento de los jeroglíficos les corres­ponde a dos eruditos: el inglés Thomas Young y el francés Francois Champollion. Ambos pusieron mano a la obra más o menos en el mismo período de tiempo y vieron sus esfuerzos coronados por el éxito. Sin em­bargo, es Champollion el que debe ser considerado, más que su rival, el verdadero descifrador de la escritu­ra jeroglífica. Lo que Young había más bien percibido por intuición, logró Champollion aclarar con método científico, tanto adelantándose en sus estudios que a su muerte, ocurrida en 1832, pudo dejar hasta una gra­mática y un diccionario.


¿En qué consiste, pues, esta escritura que los Griegos llamarán jeroglífica ("hieros", sagrado y "glyphein", grabar)? Los antiguos Egipcios llamaban sus textos es­critos "palabras de los dioses". En efecto, según la an­tigua tradición, la escritura había sido enseñada a los hombres directamente por el dios Thot durante el rei­nado terrenal de Osiris. Y la escritura mantuvo siem­pre, a través de los siglos, caracteres sagrados y hasta poderes mágicos. Al que sabía trazar aquellos trescientos signos de la escritura egipcia (cada uno de los cua­les indicaba un sonido o un objeto) se le tenía en muy alta consideración. Los nombres de los reyes y de las reinas estaban encerrados en los que los arqueólogos han llamado "cartuchos"; y fue justamente partiendo de los nombres de Cleopatra y Ptolomeo, grabados en su respectivo cartucho en la estela de Roseta, que Champollion dio comienzo a su largo trabajo de inter­pretación y lectura. Los antiguos Egipcios esculpían los jeroglíficos en la piedra de los templos o los pinta­ban en las paredes de las cámaras sepulcrales, o tam­bién los trazaban con plumas de junco en los rollos de papiro, el remoto antepasado de nuestro papel.


¿Qué es, pues, el papiro? Es una hierba perenne pare­cida al junco, cuyo tallo alcanza una altura de dos a cinco metros y termina con una inflorescencia en for­ma de sombrilla. La médula del tallo, blanca y espon­josa, era cortada en películas delgadas que se aplica­ban a una tabla, pegándolas en los bordes. A esta pri­mera capa se le agregaba luego otra en sentido perpendicular y el todo se mojaba y se hacía secar al sol. Resultaba así una hoja que se prensaba y raspaba para adelgazarla. Finalmente se pegaban las distintas hojas una a otra, resultando una tira única que se en­rollaba y sobre la cual se escribía en columnas verticales.