header-photo

Valle de las Reinas

Valle de las Reinas


El Valle de las Reinas, cuyo nombre moderno es Bibán el-Harim, está situado a cerca de un kilómetro y medio del Valle de los Reyes. Comprende unas ochenta tumbas, todas muy dañadas y algunas con rastros de incendio o transformadas en establos.


Las tumbas datan por lo general de 1300 a 1100 a. de J.C., época que corresponde a la XIX y a la XX dinastías. Se llega al Valle, que es un poco más abierto que el de los Reyes, a través de un desfiladero flan­queado de estelas conmemorati­vas de las expediciones de Ramsés III. Grabadas en las rocas, a la redonda, hay oracio­nes dedicadas a Osiris y Anubis.

Tumba de la reina Titi:

Un tiempo transformada en establo para borricos, la tumba de la reina Titi, esposa, según se cree, de un faraón de la XX dinastía, conserva hermosas pinturas en delicados matices rosados.

Valle de los Aritfices

Valle de los Aritfices


Con el nombre de Deir el-Medina se indica generalmente el valle en que surgen el pueblo y la necrópolis de los constructo­res y decoradores de las tumbas reales de Tebas. Trátase de los labradores de piedra, albañiles, pintores, escultores que todos los días acudían a la necrópolis por un camino que atravesaba los cerros de Deir el-Bahari, en tanto que sus mujeres quedá­banse en el pueblo cultivando el trigo y la cebada.

Las cuadrillas de obreros eran dirigidas por superintendentes (arquitectos o artistas de las varias ramas). Los pintores estaban divididos en dos grupos: los que trabajaban a las paredes derechas de las tumbas y los que trabajaban a las paredes izquierdas.


Las habitaciones de estos obre­ros eran más bien sencillas. Estaban hechas de ladrillos cru­dos, con las paredes internas enjalbegadas. De dimensiones muy modestas, constaban de una pequeña entrada, un cuarto y una cocina. A veces, pero muy raramente, había también un sótano y una terraza.

Valle de los Nobles

Valle de los Nobles


Las tumbas de los grandes dig­natarios de las dinastías del Medio Imperio están esparcidas en tres territorios contiguos: Asasif, Kokah y Cheik Abd el-Gurnah.


Sus principales carac­terísticas son su extrema simpli­cidad arquitectónica (en compa­ración con las tumbas reales) y una iconografía fresca y ani­mada.


VALLE DE LOS NOBLES EN EGIPTO


Además estas tumbas nos proporcionan preciosos testi­monios, según las funciones y los encargos de los varios digna­tarios, sobre cómo se desarro­llaba la vida de corte en el antiguo Egipto.

Tumba de Kiki:

El "Intendente Real" Kiki fue sepultado en esta tumba, más tarde dejada en abandono y transformada en establo. En uno de los muros está represen­tado el viaje de los restos morta­les del difunto a Abidos. Obsér­vense las plañideras que se lamentan y los esclavos que lle­van tablas sagradas con ofrendas.

Valle de los Reyes

Valle de los Reyes


En las sierras que se extienden al sur de Tebas se abre un sin nú­mero de pequeños valles, el más célebre de los cuales es el Valle de los Reyes, o Valle "de las tumbas de los reyes de Bibán el-Muluk".

Era antaño un desfiladero perdido, una quebrada oculta en medio de las anfractuosidades rocosas; hoy tiene vías de más fácil acceso, pero aún conserva intacto su misterioso poder de fascinación.


Comienza su historia por la decisión improvisa de un fa­raón, Tutmosis I, de separar su tumba del templo funerario y rehusar un monumento sepul­cral fastuoso prefiriendo un lugar secreto, así interrumpiendo una tradición de 1700 años. Su arquitecto, Ineni, excavó para el soberano un pozo en aquel valle solitario y para la sepultura destinó una cámara al final de una empinada escalera tallada en la roca. Fue ésta la planta que adoptaron más tarde todos los otros faraones.

Sin embargo, el reposo de Tut­mosis, como el de los reyes que le siguieron, no duró largo tiempo y la historia del Valle de los Reyes está toda hecha de robos y rapiñas nocturnas a la luz de antorchas. No tratábase tan sólo de ladrones, que ya en la época de los faraones habían organizado saqueos para apode­rarse de alhajas y tesoros, sino también de subditos fieles que, temerosos de que su soberano no estuviera a salvo, lo llevaban a escondidas de una tumba a otra. ¡Fue así como Ramsés III fue sepultado tres veces seguidas!




VALLE DE LOS REYES


Casi todos los pobladores de Gurnah vivían del comercio de las antigüedades robadas. Ya desde el siglo XIII a. de J.C. el saqueo de las tumbas había lle­gado a ser un oficio que el padre transmitía a sus hijos.


En aquel pueblo la familia de Abdul Rasul guardaba un secre­to: la ubicación de una tumba anónima y solitaria, en que esta­ban reunidos los sarcófagos de treinta y seis faraones. Fue sólo en 1881 que el lugar fue revelado después de un largo interrogato­rio y el vicedirector del Museo del Cairo fue conducido a la entrada del pozo. Es difícil ima­ginarse lo que experimentó el sabio cuando la antorcha alum­bró los restos mortales de los grandes faraones de la Antigüe­dad, allí colocados sin orden alguno. A su vista aperecieron Amosis I, Amenofis I, Tutmosis III y Ramsés II. Una semana más tarde doscientos hombres embalaron los sarcófagos y los bajaron por el valle hasta el río, donde esperaba un barco que debía llevarlos al Museo del Cairo. Aconteció entonces un hecho admirable y conmovedor: al anuncio que los faraones abandonaban su sepulcro secu­lar, juntáronse los campesinos y sus esposas en las orillas del río y al pasaje del barco rindieron homenaje a sus antiguos sobera­nos, los hombres disparando salvas al aire y las mujeres can­tando lamentaciones y cubrién­dose la cara de polvo.


Tumba de Ramsés IX:

La tumba es muy interesante por su decoración pictórica de escenas inspiradas en el "Libro de los Muertos", las "Litanías del Sol" y el "Libro de la Duat".


Tumba de Ramsés VI:

De dimensiones reducidas, tiene una pared superior muy her­mosa, en que figuran los dos hemisferios celestes y los dioses estelares en procesión, siguien­do los barcos solares que nave­gan en el Nilo celeste.

Valle Deir El-Bahari

Valle Deir El-Bahari


Mil doscientos años después de Imhotep, he aquí aparecer otro arquitecto en la historia egipcia, Senen-Mut, y surgir otra obra maestra. La reina Hachepsut, más inclinada a proteger las artes que a conducir campañas militares, mandó construir un monumento funerario para su padre Tutmosis I y para sí misma. Eligió para ello un valle inaccesible, antaño consagrado a la diosa Hathor y luego aban­donado. La genial intuición de su ministro y arquitecto fue la de aprovechar en todo su dramático esplendor el escenario de rocas que se alza al fondo del valle. La concepción del monu­mento era nueva, revoluciona­ria.


Se alcanzaba al santuario a través de un conjunto de terra­zas unidas por rampas una a otra. Una avenida flanqueada por esfinges y obeliscos permitía acceder a la primera terraza, cerrada al fondo por un porche del que salía una rampa que iba a la segunda terraza, ella tam­bién cerrada por un porche. En una de las paredes aún quedan hermosos bajorrelieves con escenas del nacimiento y de la niñez de la reina, y de la expedi­ción, militar que la soberana organizó en el misterioso país de Punt. Debía de tratarse de alguna región de África central, por las jirafas, monos, pieles de leopardo y objetos de marfil que allí están representados.


VALLE DEIR EL-BAHARI EN EGIPTO


El otro lado del valle, a la izquierda, estaba ocupado por el gigantesco templo funerario de Montu-Hotep I. En efecto, qui­nientos años antes que decidiera Hachepsut construir su templo en aquel lugar, el faraón Montu-Hotep I había tenido la misma idea, mandando erigir una tumba que en general aún se adhería a las reglas del Antiguo Imperio pero en cierto respercto anticipaba las del Nuevo Im­perio.


Más tarde el templo de la reina Hachepsut fue transformado en un convento cristiano llamado "el convento del norte", el que dio al lugar su nombre actual (Deir el-Bahari). Gracias a la instalación del convento el tem­plo faraónico quedó protegido de una degradación ulterior.

La Esfinge

La Esfinge


A unos trescientos cincuenta metros de la pirámide de Keops se encuentra la gran Esfinge, Abu el-Hol en árabe, que quiere decir "padre del terror". Con sus 73 metros de largo, es la colosal representación de un león con cabeza humana. Hay quien cree que es el retrato del faraón Kefrén que monta la guardia de su tumba.


LA ESFINGE EN EGIPTO

Al princi­pio el nombre de la Esfinge era Horem Akhet, vale decir "Horus está al horizonte", del que los Griegos derivaron la palabra Harmakis. En el curso de los siglos varias veces ha sumergido la arena a la Esfinge, sólo dejando a descubierto su cara enigmática de cinco metros de alto; y cada vez los hombres la han libertado. La restauración más célebre fue la que llevó a cabo Tutmosis IV, quien en sueño recibió del dios Harmakis la orden de sacar la Esfinge de la arena.

En cuanto a los destrozos que se observan en la cara del mítico hombre-animal, ellos son en parte obra de la erosión del viento y en parte de los cañona­zos de los Mamelucos, que allí se ejercitaban en el tiro al blanco.

El Rio Nilo

El Rio Nilo


El Nilo se extiende por 6.500 kilómetros, desde la re­gión de los grandes lagos africanos hasta el Mediterrá­neo. Sus fuentes quedaron desconocidas hasta el siglo XIX: hoy día han sido identificadas con el río Nyava-rongo, un afluente de otro río que desemboca en el la­go Victoria.

El Nilo se dirige hacia el norte atravesando inmensas sabanas ricas de bosques y aguazales, luego recoge por la izquierda las aguas del Bahr el-Ghazal (río de las Gacelas) que procede de las regiones del Darfur y del Congo, y por la derecha las del río Sobat, del Nilo Azul (Bahr el-Azrak) y del Atbarah, que bajan de las mesetas abisinias. Choca luego con la barra calcárea del Sahara e, interrumpido por las cataratas en su cur­so quieto y regular, se dirige lentamente hacia el Medi­terráneo sin recibir ningún otro afluente. Egipto pro­piamente dicho no es sino la parte septentrional de este valle, que se extiende en sentido longitudinal desde la catarata de Asuán hasta el mar. De Asuán a las ruinas de Tebas se estrecha el valle, cerrado a los lados por montañas rocosas; pero de Tebas a El Cairo se hace notablemente más ancho.


El rio Nilo en Egipto


En El Manach el Nilo se di­vide en dos ramas, la principal de las cuales es la orien­tal, que más se asemeja a un lago sinuoso que a un ver­dadero río, salpicado de numerosos islotes, las orillas moteadas de datileras, acacias, sicómoros o cubiertas de campos de cebada, de trigo y de alfalfa. Tan pronto el Nilo se deja atrás El Cairo, también desaparecen las montañas que hasta entonces le habían acompañado. Los montes arábicos y líbicos se alejan progresivamen­te hasta perderse a lo lejos, los unos en los confines del Mar Rojo y los otros en el litoral del Mediterráneo, al oeste de Alejandría. En el Delta, vasta planicie de for­ma triangular, numerosos canales unen la rama de Re-chid (Roseta) con la de Damieta (o Dumiat).


Todos los años, después de las lluvias torrenciales que azotan las montañas de Etiopía y las regiones de los la­gos ecuatoriales, el Nilo va hinchándose hasta desbor­dar e inundar todo el valle en pocos meses. A fines de abril la crecida alcanza la capital del Sudán, Jartum, y a través de Nubia, llega a Egipto propriamente dicho entre fines de mayo y principios de junio. Hasta octu­bre el Valle está cubierto por la benéfica capa de limo depositada por la crecida, la que se retirará completa­mente sólo a principios de diciembre. Esta inundación periódica ha permitido a Egipto poseer una flora y una fauna muy ricas. Crecen en el país árboles maderables, numerosas especies de acacias y de sicómoros, tupidos bosques de palmeras y muchas plantas acuáticas, co­mo el papiro y el loto. El Nilo y sus lagos son muy ri­cos de peces. Ya en el tiempo antiguo conocían los Egipcios la mayor parte de los animales domésticos; y, por el contrario, hay muchas especies de animales sal­vajes que han desaparecido en el curso de los siglos. No hay más leones ni grandes felinos, como el leopar­do y la onza; y el hipopótamo no vive más en el Delta, ya desde fines del siglo XVI, refugiándose con el coco­drilo más allá de las cataratas desde que aparecieron los botes de vapor. Sin las crecidas del Nilo todo el va­lle egipcio sería un estéril desierto y por eso vale hoy todavía lo dicho por el gran Herodoto, que "Egipto es un don del Nilo".