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Templo Abu Simbel

Templo Abu Simbel


A trescientos veinte kilómetros de Asuán, en el territorio de Nubia, se alza el templo de Abú Simbel, la más bella y más capri­chosa construcción del más grande y más caprichoso faraón de la historia egipcia: Ramsés II el Grande. En realidad, aunque es dedicado a la tríada de Amón-Ra, Harmakis y Ptah, el templo fue sólo construido para glorifi­car, a través de los siglos, la memoria de su constructor. El templo de Abú Simbel fue un desafío para los arquitectos del faraón, tal como lo fue unos tres mil años más tarde para los inge­nieros del mundo entero, que debían salvarlo de las aguas del Nilo.

En aquel lugar perdido del desierto de Nubia los 38 metros de fachada y 65 metros de pro­fundidad del templo fueron todos sacados de una sola masa rocosa. Una "multitud de obre­ros hechos cautivos a punta de lanza", a las órdenes del jefe de escultores, Piai (así recordado en el interior del templo), escul­pió la extraña fachada: cuatro estatuas colosales del faraón sentado en su trono (20 metros de alto, 4 metros de una oreja a la otra, labios de 1 metro de largo), que no son sólo los símbolos de los atributos de Ram­sés, sino también y principal­mente, las columnas que sostie­nen la fachada, alta 31 metros.


HISTORIA DEL TEMPLO ABU SIMBEL


Después de los labradores de piedra y de los escultores, los pintores pusieron mano a la obra; pero el tiempo ha borrado por completo las decoraciones que entonces debían de ofrecer una extensa gama cromática. Penetrando en el corazón de la montaña, se llegaba al santuario en que tenían su morada la tríada a la que el templo estaba consagrado y el mismo Ramsés. Es allí donde se realizaba el así llamado "milagro del sol". Dos veces al año, el 21 de Marzo y el 21 de Septiembre, a las 5 horas 58 minutos, un rayo de sol atra­vesaba los 65 metros que separa­ban el santuario del exterior e inundaba de luz el hombro izquierdo de Amon-Ra. Unos minutos más tarde el rayo cam­biaba de sitio, concentrándose sobre Harmakis. Allí se que­daba unos veinte minutos, para luego desaparecer; y es un hecho realmente singular que nunca la luz rozara a Ptah, que en efecto es el dios de la obscuridad. La decoración de las paredes del templo celebraba la gloria mili­tar de Ramsés II. El poeta Pentaur, agregado a la corte de Ramsés II, compuso un largo poema sobre la expedición del rey a Siria, cuyo texto jeroglífico está aún grabado en los muros de los templos gigantescos de Carnac y de Luxor.


En el curso de las largas guerras que sostuvo contra los Khetis, una tribu belicosa de Siria que combatía en carros y se había aliado con veinte pueblos veci­nos, demostró Ramsés frente a su ejército su excepcional valor guerrero.


Los hechos acaecieron durante el quinto año de su reinado. El rey, a la cabeza de sus tropas, avanzaba hacia la ciudad de Atech o Kuotchu, la antigua Emeso, al noreste de Trípoli de Siria.


Engañado por falsos prófugos (beduinos que el príncipe de los Khetis empleaba como espías), cayó en una emboscada y viose de repente rodeado por el ejér­cito enemigo. Ramsés quedó solo con su guardia personal, compuesta por sesenta y cinco carros, frente a una multitud de enemigos que contaban con más de dos mil carros de guerra. "Entonces", dice el poeta cele­brando la gloria de su señor, "irguiéndose en toda su esta­tura, el rey viste la fiera arma­dura de combate y con su carro tirado de dos caballos lánzase en lo más recio de la contienda. ¡Estaba solo, muy solo, sin nadie junto a él!... Sus soldados y su séquito le miraban desde lejos, en tanto que atacaba y defendíase heroicamente. ¡Le rodeaban dos mil quinientos carros, cada uno con tres guerre­ros, todos apremiándose para cerrarle el paso! ¡Solo e intré­pido, no le acompañaban ni príncipes, ni generales, ni solda­dos!...".